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domingo, 4 de abril de 2021

La segunda evaluación

Mañana terminan las vacaciones de Semana Santa en esta comunidad y aún no os he hablado de cómo les ha ido la segunda evaluación a mis alumnos. Y la verdad es que no hay muchas novedades con respecto a la primera.

Esta evaluación es una evaluación crucial, la segunda, la del medio, en la que se ve el rendimiento de los chavales y cómo va a ir el curso, en líneas generales. 

Mis alumnos, ya sabéis, tienen muchas dificultades de todo tipo, sobre todo sociales y personales, aunque también de aprendizaje; pero creo que han mejorado bastante con respecto a la primera. En realidad, los que no hacían nada ahora ya no hacen nada pero definitivamente, y los que trabajaban algo o poco, ahora ya han cogido ritmo, con lo que aprueban algunos más que en la evaluación pasada. 

No estoy descontenta con los resultados, aunque este trimestre ha sido complicado en cuanto a comportamiento. Dos de mis alumnos ya no hacen nada, una de ellas ni siquiera trae mochila, libros, cuadernos o bolígrafos a clase, y procura molestar lo más posible, y el otro suele pasarse la clase dormido, pero si no es así, da mucha guerra también. A ninguno de los dos les importa un castigo, una expulsión, nada. Lo cierto es que lo único que les molesta, y es por donde hemos ido lidiando con el problema, es que les dejes sin recreo. Así que han estado castigados sin salir al recreo muchos días este trimestre. Lo sé, es triste, y no soluciona nada. En algunas clases están haciendo la vida imposible a los profesores, y no encontramos la manera de que aprovechen al menos la clase, de que no molesten...

Otro caso que hemos tenido ha sido la huída, literal, de un alumno de mi clase porque su padrastro salió de la cárcel, según salió pegó una paliza a la madre que tuvo que huir y esconderse en otra comunidad, bien lejos. Se fueron casi con lo puesto, de noche, sin avisar a nadie, y solo la asistente social ha seguido la pista de la familia. Y finalmente, hace tan solo unas semanas, supimos que el niño estaba matriculado en otro lugar. Complicado y triste.

Luego, para rematar, de esa misma clase, que en un principio eran diez y ahora son nueve, una alumna faltó un día a última hora de la mañana; nunca lo había hecho y me sorprendió bastante. Llamé al centro de acogida donde vive para avisar, pero fue inútil. Desapareció durante ocho días, ocho días que la policía, los compañeros, las educadoras y todos nos pasamos pendientes de ella, interpretando las pistas, buscándola, hasta que finalmente apareció. Supongo que no volverá al centro, que la cambiarán de provincia o al menos de instituto para que esto. no vuelva a suceder. No sé, el caso es que apareció hace quince días y no ha vuelto. Con eso me he quedado con ocho. Ocho, con dos que no hacen nada y molestan y uno absentista de los que apenas viene, aunque lo cierto es que en el último mes hemos logrado que asista al menos dos o tres días a la semana. 

Ese es el panorama.

 


jueves, 28 de enero de 2021

Una p... locura, oiga

 Escribo esto entre triste y enfadada. Llevamos unos días, unas semanas, que damos pena. No podemos con todo.

Bajas de profesores, profesores confinados, ... alumnos confinados, alumnos positivos, ... rastrea los contactos estrechos... mucho trabajo de inicio de año y de trimestre, ...

No sé, suma y sigue.

La gestión económica de un centro grande como es el mío no me está resultando nada fácil. No tengo experiencia en ese terreno, y además he empezado a mitad de año, con muchas dificultades para enterarme de las cuentas, pagos y facturas de la primera mitad, con deudas y con todo tipo de dificultades.

Finalmente, y casi in extremis, creo que he conseguido que los números cuadren, y tengo que presentar esta semana el informe económico y también las cuentas a mis superiores. Estoy nerviosa e intranquila desde hace semanas por este tema.

En el instituto, como os digo, las cosas también se han ido complicando, y en mi equipo, de cinco que somos, en estos días quedábamos dos en pie. La directora y yo nos hemos tenido que encargar de mil cosas, aunque es verdad que tenemos compañeros que se han ofrecido voluntarios y que hoy y la semana pasada han hecho guardias en sus horas libres. Y lo que nos queda. Porque esto parece empeorar por momentos. De hecho, está empeorando. Los que llamaron como positivos o contactos ayer se suman a los que ya estaban y a los que, seguro, llamarán en breve, en media hora. 

Y mientras el gobierno central mira hacia otro lado y las administraciones se ven sin recursos para hacer nada. Nos sentimos en estos momentos intentando manejar algo que resulta imposible, y sin ayuda de ningún tipo. Y no esperamos mejora para la semana que viene.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Amigas

 Eran amigas de verdad. Y lo fueron durante los últimos cincuenta años, o más. Se conocieron muy jóvenes, recién casadas. Y eran muy diferentes. Una había vivido siempre en una ciudad, con sus hermanas y amigos. La otra había vivido siempre en un pueblo, ayudando en casa y en el campo, y se había casado para ir a vivir a otro pueblo. Ambas coincidieron en eso. En casarse e irse a vivir a un pueblo muy pequeño.

Una de ellas tuvo un hijo, y la otra tres. Se veían cada día sin necesidad de buscarse, se hacían pequeños recados, contaban la una con la otra. Las conocí toda mi vida. Y nunca oí a ninguna de las dos decir nada malo de la otra. Se entendían, tenían confianza, se contaban sus cosas. Y nada de lo que ellas hablaran salió nunca de su círculo de confianza.

Todas las semanas,  todos los sábados, una iba a que la otra le pusiera los rulos, y la dejara preparada para, al día siguiente, peinarla definitivamente para ir a misa. Eran esos momentos de intimidad en los que los demás nos quitábamos del medio y ellas tenían sus conversaciones privadas. Se comentaban todas sus cosas, se aconsejaban en todo tipo de cuestiones, lloraban la una en el hombro de la otra.

No eran de las que se pasan la vida la una en casa de la otra. Ni de las que pasean agarradas del brazo. Pero sí estuvieron en todas las celebraciones, en todos los cumpleaños, en todas las buenas ocasiones... y lo más importante. En las malas. Un fallecimiento, un accidente, y nunca hizo falta preguntar ni pedir para que una ayudara a la otra en lo que fuera. 

Cuando una de ellas puso fin a su matrimonio, la otra siguió, no solo llamándola todas las semanas, sino yendo, de vez en cuando, en el autobús, hasta la ciudad a que la otra la peinara y a pasar el día con ella. Cualquier cosa, cualquier momento de alegría o de pena era compartido.

Y la semana pasada, de repente, porque su cuerpo estaba ya débil y puede que por esta maldita pandemia, una de ellas nos dejó. En la otra ha quedado un vacío que ya no será capaz de llenar. Porque amigas puede haber muchas, pero ninguna como esta. Todos alrededor estamos afectados. Porque era, sin duda, la persona más buena y generosa que yo haya conocido. Pero, sobre todo, era la amiga de mi madre. Su gran amiga; la que ha estado ahí en todo momento. Siempre lo fue y siempre lo será, y no hay consuelo para ella, ni lo habrá nunca.

miércoles, 29 de enero de 2020

Excluidos

Estos días, por varios motivos, he estado pensando en nuestros niños más vulnerables, en los excluidos, en esos que nunca están, con los que nunca se cuenta, que van siendo poco a poco, o a veces radicalmente, excluidos de todo, tanto que consideran que eso es lo normal en su vida.



Nuestros alumnos de primero y segundo de la ESO se van a la nieve la semana próxima. Y miro la lista de los alumnos que no van. La mayor parte de los que ahí aparecen son alumnos de necesidades especiales, alumnos con problemas familiares, alumnos que en algún momento hemos nombrado en el departamento (mi departamento es el de Orientación), algunos de ellos muchas veces, por diversos motivos.

Son los mismos chicos que nunca están invitados a los cumpleaños, los que no van a las fiestas, los que en muchos casos se autoexcluyen para no ser excluidos, los que hay que vigilar en el recreo para que no estén siempre solos, los que tienen más problemas de comportamiento, los especiales, los diferentes, los raros, los excluidos.



¿Qué podemos hacer al respecto? Se pueden hacer cosas, pero pocas. Creo que una gran parte de los profesores tenemos sensibilidad hacia estos alumnos, pensamos en ello, pensamos en posibles soluciones.

He visto centros donde intentan no programar este tipo de viajes que cuestan bastante en material y demás,  aunque en este caso no es que sea precisamente cara porque la patrocina la diputación y van casi todos los colegios e institutos de la provincia. Si el problema es económico, se puede solucionar. Para eso los centros disponen de dinero. En el mío muchas veces se le pagan los viajes a los niños que no pueden costearlos.

Pero el problema no es solo ese o, mejor dicho, el problemas má importante no es ese. Se trata de niños que, por unos motivos u otros, siempre se quedan al margen. O se juntan entre ellos, o están solos. Y estar solo en el colegio o en el instituto no es nada fácil. Os lo aseguro. Lo he visto como profesora y como madre. Lo he visto como estudiante con algunos compañeros. Y es muy duro.

Si existiera una solución sencilla, estos problemas habrían desaparecido. Porque todo pasa por la colaboración entre familias y profesores, y alumnos.  Por dejarse aconsejar, por buscar, en muchos casos, ayuda experta, por saber que se tiene un problema. En muchos casos las familias no se preocupan o no consideran que sus hijos tengan problemas, en otros casos los alumnos son los que no se dejan ayudar, y muchas veces el entorno, los compañeros, tampoco ayudan.




Y sí, a pesar de lo que hagamos, a pesar de tenerlos en cuenta, siempre va a haber excluidos. Pero si conseguimos que este curso un solo alumno se sienta mejor al venir al instituto, para ese alumno eso es todo un mundo, y yo creo que hay que intentarlo.

miércoles, 23 de enero de 2019

Desánimo

Alguna vez lo he comentado: en este trabajo, el entorno, tus compañeros, lo contento que estés en un centro, todo eso es importante, pero creo que no lo es tanto como los alumnos. Y a mí me está pasando que estoy bien con mis compañeros, y en mi departamento, pero este año los alumnos me están llevando por la calle de la amargura, y eso lo voy notando en mi percepción del instituto y del trabajo.



Hablando claro, que no tengo ganas de trabajar, y menos aún de preparar cosas, de hacer proyectos, de dedicar tiempo a mis clases y planificar actividades más apetecibles y que les puedan gustar. Estoy intentando que aprendan, claro, y también que toque el timbre rápido. Y es una pena.



Siento que estoy desaprovechando el tiempo con alumnos que no quieren hacer nada, Y nunca me había sentido así, porque normalmente tengo mucha paciencia, e intento verle el lado positivo a las cosas. Pero ahora mismo no se lo encuentro. Pienso que quizá tenga que darle un cambio a mi vida profesional. Quiero decir que, aunque esté bien donde estoy, creo que este año voy a intentar cambiar de aires cuando pueda, a ver si el curso que viene estoy en otro sitio, con alumnos de todo tipo, porque estos tres años en el PMAR, en contra de lo que yo pensaba en un principio, me han quemado bastante.



Creía, ilusa de mí, que estaba en el lugar que me correspondía, ayudando a los que más lo necesitan, quizá intentando salvar a los que todos daban por perdidos. Y eso siempre me ha parecido una parte fundamental de mi trabajo. Pero en los últimos años estoy luchando contra todo, incluidos los alumnos. No quieren nada de mí, simplemente me aguantan, unos mejor que otros. No contagio mi entusiasmo a nadie (en realidad, ahora mismo no estoy nada entusiasmada) y siento, de verdad, que estoy perdiendo el tiempo y el gusto por este trabajo.



Toca cambios. Intentaré probar otro sitio, si me lo conceden, por un año, cambiar de aires, y quizá vuelva con fuerzas renovadas. Ya os contaré.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Violencia

Ayer pensaba que hoy os hablaría de mis nuevos alumnos, de lo que me está costando hacerme con ellos, al menos con algunos de ellos, pero no va a ser así.  Y es que ayer nos despertamos con una noticia espantosa:

Una alumna del centro vio como su padre apuñalaba repetidas veces a su madre. La vida de la madre no corre peligro, según todas las informaciones, pero creo que hay pocas cosas más horribles que le puedan pasar a una niña de catorce años.



Los chicos están conmocionados, y no es para menos. y se ha convocado hoy una concentración en el pueblo, a la que supongo que nos uniremos desde el instituto alumnos y profesores. Pero hay poco que se pueda decir en estos casos. Yo, al menos, no tengo palabras.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Un duro golpe

El lunes por la tarde tuvimos uno de los peores días de nuestra vida. Nuestro peque sufrió un accidente en la piscina y, afortunadamente, está recuperándose de ello. Fue de esos momentos en que la vida gira a tu alrededor mientras no puedes hacer nada para cambiar las cosas.

No voy a entrar en detalles desagradables pero se dio tal golpe que se abrió toda la boca, las encías y los dientes. En un primer momento parecía que tenía hasta el paladar partido.  Afortunadamente, las cosas podían haber sido peores, mucho peores. Creo que ese es el consuelo que todos nos planteamos alguna vez cuando todo se pone mal. 

Creo que también fue una suerte para mí estar allí, verlo y llevarlo al hospital, estar con él en todo momento, porque si me tienen que llamar o me lo tienen que contar no sé cómo habría reaccionado. Tuvieron que reconstruirle una parte de los dientes y encías y ahora veremos cómo evoluciona.

Él está bien, en casa y recuperándose, aunque tardará mucho tiempo en estar bien y será una de esas cosas que arrastraremos durante años y no olvidaremos nunca. De momento toca cuidarle mucho y pensar que está mucho mejor de lo que parecía, que ha sido muy valiente en toda la operación, que está siendo mucho más fuerte de lo que cualquiera podría esperar y que ya ayer hacía chistes al respecto, algo que me impacta bastante, porque creo que no lo estoy llevando nada bien.

Hoy toca volver a la realidad, seguir con la vida, y pensar en que esto será lento y que lo va a pasar mal. De momento tiene unas semanas de alimentación líquida y no vamos a pensar en el siguiente paso. Poco a poco. 

Ha sido una experiencia muy traumática para él, y debo decir que para el resto de la familia también. Por mi parte, he pasado, creo, por bastantes cosas en mi vida, pero no puedo recordar una tan dura como esta, y de momento no he podido dormir ni dejar el estado de ansiedad que me persigue las últimas horas. Pero el tiempo cura las heridas, todas, así que os pido que nos deseéis suerte y fuerza, porque esto va a ser largo y duro.



viernes, 4 de mayo de 2018

Avicii true stories

Ayer vimos el documental que la BBC le dedicó a Avicii, un músico que a mí y a mis hijos, sin entender nada de nada y menos aún de música electrónica, nos encantaba.



Había esperado otra cosa, una especie de oda al artista, como otros documentales que he visto en la misma plataforma dedicados a otros cantantes y músicos, en los que se exploran más las luces que las sombras.

El documental no relata su vida hasta su reciente muerte, sino hasta el año 2016, fecha en que se retira de la música para descansar, tomar aliento y ver qué puede hacer con su vida. Pero aún así es totalmente esclarecedor y creo que muy sincero.



Como hijo de su tiempo, Avicii tenía grabado casi cada momento de su vida, la forma en que componía sus canciones, los momentos buenos y los malos... y por eso la historia se nos cuenta en primera persona. Es él mismo quien habla de lo que le sucede, de su miedo escénico, del estrés tan terrible que vive con el número ingente de actuaciones que tiene cada año, que no le dejan descansar y le llevan al límite. Nos habla también de que tenía que beber para poder salir al escenario, para no ponerse tan nervioso, de su extrema timidez que no le dejaba relacionarse bien con los demás.



Pero lo que yo he visto, desde el primer momento, es lo terriblemente solo que estaba. Hasta un punto en que duele verle. Empieza su carrera con diecisiete años y en ningún momento sus padres o familiares están por allí. No salen en el documental, ni se les nombra, y en años de vídeos, solo hay una vez en que habla por teléfono con su madre contándole por qué quiere dejarlo. No están en sus ingresos hospitalarios ni en sus operaciones. Y sus amigos, los que se supone que lo eran, la gente que le rodeaba, solo estaban allí, mientras él se debatía con sus miedos, mientras estaba absolutamente enfermo hasta el punto de no sostenerse en pie, solo estaban allí para llevarle de una ciudad a otra, de un hotel a otro, para asegurarse de que siguiera al pie del cañón.

Es una historia terrible la que se nos cuenta, y más sabiendo ahora el final, un final que él intentó evitar retirándose de los escenarios, abandonando a su manager e intentando cambiar su vida. Pero solo pasan dos años desde las últimas imágenes del vídeo y la muerte del compositor.



En estos dos años, según se está sabiendo ahora, había creado una pequeña familia con una modelo con la que había tenido un hijo, pero anoche vi un vídeo que ella publicó en las redes, un vídeo que quiere dar a entender que eran una familia feliz. Y la mayoría de las fotos son de fiestas, con amigos, esos que no le abandonan porque era la gallina de los huevos de oro, porque tenía mansiones de lujo en lugares paradisiacos, pero, salvo en las fotos en las que sale con su hijo, en todas las demás tiene la mirada perdida y parece querer escaparse de allí.

No sé, me ha parecido una historia tan dura... alguien que no supo asumir el éxito, que lo tuvo todo tan rápido y tan pronto... que en realidad no tenía nada... y que no había aprendido a afrontar la vida, principalmente porque no le habían dejado. Veintiocho años tenía.

Si tenéis ocasión, echadle un vistazo.


miércoles, 25 de abril de 2018

Más problemas

La semana pasada os contaba una de mis muchas tribulaciones de los últimos días. Y hoy vengo con otra; otra que me ha quitado hasta el sueño (vale, ya me conocéis, es bastante fácil quitarme el sueño) y que me ha tenido bastante preocupada porque ha afectado a los alumnos, y eso es algo con lo que no puedo.



Ya os he contado de nuestro próximo viaje a Huesca. Lo que no os he dicho es que el proyecto lo presentamos una compañera de Formación profesional básica y yo, destinado a nuestros alumnos, es decir, los míos de PMAR y los suyos de FPBásica de cocina. Pero entre las dos no llegamos a los veinticinco alumnos que pueden ir al viaje, y pensamos aprovecharlo bien y ofrecérselo a alumnos de otras clases. Por edades, les correspondía a los de tercero de la ESO y abrí plazo para que presentaran autorizaciones, explicándoles muy bien que eran "los reservas" y que irían solo si no se llenaba el cupo con nuestros alumnos.

Finalmente van 12 alumnos nuestros, y 13 de tercero. Esos trece los sorteamos entre todos los que habían presentado autorización, que eran veinte; es decir, siete alumnos se quedaban fuera del viaje. Todo esto ya lo sabían y quedó claro antes de irnos de vacaciones de Semana Santa.



A la vuelta de vacaciones, el primer o segundo día, mi director me busca y me dice que una de mis alumnas no puede ir a la excursión. Le ha puesto un parte grave por escaparse del centro y la va a castigar con unos días fuera del aula y sin actividades extraescolares.

- ¿Hay algún problema para el viaje?

- No, ninguno, si no va ella, entra el siguiente de la lista de espera.

- Bien, ya se lo he comunicado a ella.

Subo a clase y la chavala estaba llorando, por el parte disciplinario pero especialmente por perder el viaje. Le devolví el dinero del autobús que ya me había pagado y avisé a la siguiente chica de que entraba en el viaje. Ella estaba contentísima porque iban todas sus amigas menos ella. Al día siguiente me pagó el autobús y yo realicé ya las listas que tengo que enviar al Ministerio y demás.



Pues bien, martes de la semana pasada, subo a clase y la primera alumna, la del castigo, me dice que al final va al viaje, que el director le ha dicho que puede ir. Bajo a hablar con él y me lo confirma; me dice que al final no va a castigarla sin extraescolares y que sí puede ir al viaje. Le insisto en que ahora es muy complicado volver atrás.

- No hay problema, le devuelves el dinero a una y que te pague la otra.

- Ya, pero creo que esto dice poco de nosotros. Y ahora tengo que llamar a los padres de la segunda para pedirles disculpas por el malentendido y explicarles lo que ha pasado.

- No te preocupes, yo les llamo.

Yo ya estaba cabreada. Pero acepté. Aunque no hizo falta que llamara, porque el padre se presentó ese mismo día, para ver qué había pasado. Habló con el director y luego conmigo. Le pedí disculpas de mil formas, le expliqué esto que os estoy explicando a vosotros, y pareció conforme cuando se marchó. Más que nada porque no había mucho que hacer al respecto.



Esto no termina aquí; el viernes antes de marcharme me dicen que el martes van a venir los dos padres a hablar con el director y conmigo.

La escena ayer fue desagradable. Porque es cierto que nosotros lo hicimos mal desde el centro, diciéndole a una alumna que no iba, luego que sí y luego otra vez que no, pero la madre entró diciendo que el director era un mentiroso, y la entrevista fue tan... (no encuentro calificativo) que terminó con el director pidiéndoles que se marchasen. No fue nada que yo quisiera vivir, y eso que los tiros no iban contra mí.

En fin, todo eso, para que veáis los sinsabores de organizar cosas y de preparar actividades para los alumnos. Vamos, que se te quitan las ganas de todo, por ejemplo, de tener una reunión hoy con los veinticinco padres de los chicos que sí van al viaje.


martes, 27 de marzo de 2018

Algunas dificultades 2

Ayer os hablaba de dos de mis alumnos. Hoy quería seguir con el tema, y así cerrar el trimestre. Así que me vais a perdonar, pero continúo con lo mismo.

En mi tutoría tengo un alumno tuvo un accidente hace un par de años. Le atropelló un coche y se salvó de milagro. Pero está sufriendo desde entonces secuelas. Lleva varias operaciones en las piernas y no ha podido volver a jugar al fútbol o a correr, algo que puede parecer poco importante después de estar al borde de la muerte pero que para él sí lo es. Ahora ha empezado con mareos y no viene a clase porque se siente inestable. Cree todo el tiempo que se va a desmayar. Estamos muy preocupados porque no ven nada físico evidente y creemos que está somatizando sus problemas. No sé, no sé nada de estas cosas, pero la última vez que le vimos fue a principios de febrero, llevaba en la primera evaluación todo aprobado y ahora todo suspenso. Lo académico va en segundo plano, por supuesto, pero me da muchísima pena que pierda el curso, además de todo lo que ya tiene.



Os hablaré también de mi alumno enchufado de este año y del pasado, un chico muy inquieto y despierto pero que en su casa han dado de lado desde hace muchos años. Su madre no quiso venir al centro el curso pasado ni este, ni siquiera cuando hice una reunión para llevarlos de excursión. Dice, al menos eso cuenta su hijo, que está harta de oír cosas malas del niño. No asiste a ninguna reunión ni coge el teléfono. El curso pasado el chaval se puso malo y día y tuvimos que llamar al padre al trabajo porque su madre no contesta si es el número del instituto. Sí, tal cual. El caso es que mi alumno tiene algunas dificultades, pero las principales son que nunca en su casa le han atendido. Es un claro caso de hiperactividad pero, por supuesto, no está diagnosticado. Tiene una imaginación desbordante y es plenamente creativo. Pero nada de esto se ha desarrollado ni en casa ni en la escuela, porque siempre ha sido el impulsivo, el que no se calla, el que habla a gritos, el chaval que se pasa las clases en el pasillo.



A veces te crispa los nervios. Y comprendo que su madre esté sobrepasada. Bueno, no lo comprendo. Porque lo que hace es mandarle a la calle nada más comer y que no vuelva hasta la hora de cenar y dormir, que en casa revuelve mucho y da guerra. Y el chico tiene carencias académicas graves. Por ejemplo, a principios del curso pasado todavía silabeaba al leer, y leía con dificultad y sin comprender nada. Eso ha mejorado a base de paciencia, suya y mía, porque el año pasado leyó todos y cada uno de los días en voz alta en clase y después me contaba lo que había leído. También escribe bastante mal y su ortografía es espantosa. Pero va mejorando y eso es gracias al cariño y los ánimos que le doy. El curso pasado la primera vez que le dije algo bueno se quedó impactado. Me dijo que nunca un profesor había dicho nada bueno de él. Y eso creo que nos lo teníamos que mirar. Todos.

Por supuesto que este chico, quizá el más gracioso y simpático que tengo, va en tándem con otro, también muy simpático, buen chico y que en su casa han dado también por perdido. En este caso creo que es menos grave que el de su amigo, pero quizá por un lado lo es más, porque este chico tiene unas capacidades bastante altas, y habría sido brillante si no estuviera tan abandonado.



Bueno, lo dejo. Ya sabéis el panorama con el que trabajo, porque todos mis alumnos tienen dificultades. Si no, no estarían en mis manos. Ahora bien, intento sacar de ellos todo lo que puedo, y por eso a veces estoy tan frustrada y por eso estoy siempre cansada; porque salgo de clase como si me hubiera estado peleando con ellos durante horas.

martes, 13 de marzo de 2018

Circos

Lo siento, por si hay por aquí algún amante del circo, pero para mí tiene una connotación negativa de la que no logro escapar. Y más si decimos "circo mediático", que es lo que estamos viviendo estos días.



El domingo todo el país conoció el peor de los desenlaces para el niño desaparecido en Almería. Todos podíamos sospechar que algo malo le había pasado, pero conocer, saber, lo que le ha pasado ha sido para muchos un duro golpe.

Os digo que todos en casa hemos estado preocupados estos días y después hemos llorado por ese niño, un niño que nada malo había hecho y que ha visto terminar su vida de esta forma. Y hemos acompañado el drama de sus padres, imaginándonos, o no queriendo imaginar cómo se siente uno en su lugar.

Hasta ahí. Después de ello, la que se ha montado en las redes sociales, pero también en las televisiones, me parece de una bajeza moral absoluta. Panegíricos y elegías al niño, describiendo cómo era y qué le gustaba; un vídeo que ha recorrido las redes con un montaje de la infancia del niño que yo no he visto ni veré, pero que me ha llegado, como lo habrá hecho a muchos de vosotros; entrevistas a los padres con el niño de cuerpo presente; retransmisión en directo de un funeral... Y no voy a hablar de comentarios racistas, xenófobos, machistas, feministas, y no sé de cuántos tipos más pero todos poco respetuosos que te puedes encontrar nada más abrir twitter.

No entiendo que nos guste tanto el morbo, que no nos conformemos con saber el final, el triste final, y queramos más datos, linchamientos públicos, meter la herida en la llaga, preguntar, saber, investigar... Y muchas veces bajo el supuesto manto del periodismo serio. En plan: "nosotros no vamos a contar rumores pero... (y allá va)".



Vi ayer por la noche las noticias mientras cenaba y se me atragantó la cena. Tuve que apagar la televisión mientras mi hijo lloraba con la imagen de un osito de peluche fija en la pantalla y los padres hablando de su hijo (atendiendo amablemente a una prensa no tan comprensiva con ellos ni tan amable en esos duros momentos).

Más que indignación, lo que siento es tristeza, porque me parece que muy triste todo lo que está pasando, aparte del hecho en sí de la pérdida de un niño. En fin. Es solo mi opinión y quería contarla por aquí. Me encantaría conocer la vuestra.

jueves, 22 de febrero de 2018

Cosas de familia

En los últimos días, hemos realizado en casa un salto al pasado que nos ha dejado a todos nostálgicos y pensativos. Os cuento.

Mi madre es la de los tirabuzones

Mi hijo mayor tenía que hacer un trabajo de historia que consistía en entrevistar a una mujer que hubiera vivido durante la dictadura de Franco. Las preguntas de la entrevista venían dadas en el enunciado del trabajo y eran cuestiones sobre igualdad, oportunidades para trabajar, el cuidado de los hijos, expectativas de vida, dieta, higiene... no sé, muchas cosas.

Por supuesto que la persona elegida la teníamos en casa: su abuela. Y ella encantada de contar su vida a su nieto mayor. Y él también, porque le encanta estar por ahí cuando una persona mayor cuenta anécdotas de su vida, o de cómo se vivía en otras épocas. Nunca se pierde las conversaciones familiares, las cosas que le cuentan sus abuelos, y le encanta hablar con mis tíos abuelos, que aún me quedan dos, y ambos con una memoria prodigiosa.

Ya me gustaría a mí que alguna vez un bañador me hubiera sentado así.

En el fin de semana, le hizo la entrevista y la grabó. Después estuvo transcribiendo sus palabras, pero en las instrucciones se insistía en que no tenían que hacerlo en formato de entrevista, sino redactar un reportaje sobre todo lo tratado en la misma. Y así lo hemos hecho.

Pero lo mejor no ha sido el texto, que nos ha dado en estos días para muchas conversaciones, muchos recuerdos, y también para ver que un mismo recuerdo tiene distintos puntos de vista según lo vivido, y cosas que mi madre recuerda de una manera, yo lo hago de otra. Lo mejor han sido las fotos.

Esta foto ha dado para mucho. Ahí, en el cochecito, estoy yo. Y el modelo de mi madre está claro de qué época es.

El otro día pasamos por la casa de mi madre a la vuelta de su revisión en Madrid y trajimos una selección de fotografías de su infancia y juventud, fotos que mis hijos no habían visto, que demuestran que me parezco a mi madre mucho más de lo que quisiera, y que han dado también para muchas conversaciones.

Ha sido, como os decía al principio, un viaje al pasado lleno de añoranzas, y que nos ha servido a todos para conocer mejor a mis abuelos, a mi madre y a mi padre, sus circunstancias, su vida. Y también para rememorar cosas que estaban olvidadas en el fondo de la memoria, para pensar que cualquier tiempo pasado no fue precisamente mejor, pero fue como fue debido a las circunstancias, y que la vida a veces te lleva por donde quiere y no precisamente por donde eliges. Y eso no es solo aplicable a mi madre, sino a todos.

Por eso hoy me he permitido poner por aquí algunas de esas fotos familiares que han despertado tantas cosas en esta familia.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Estar solo

El otro día os contaba que una de mis alumnas se cortó con una cuchilla el otro día en clase. Después de darle al asunto mil vueltas, de hablar con ella, con la abuela, novio, madre de novio y demás, después de negarlo y luego reconocerlo (era difícil negar las heridas), terminó reconociéndole a su abuela que su problema es que está sola.


El jueves pasado, llego del recreo, de tomar un café con mis compañeros y relajarme y me encuentro con dos de mis alumnos sentados en clase, cssa uno en su asiento, sin hacer nada, sin mirarse ni conversar, solo procurando que el tiempo pase rápido y que termine den una vez el dichoso recreo. Porque estan solos.



Tengo un alumno que cada día en el recreo va a la cafetería del instituto, no a comprar un bocadillo y correr al recreo, como el resto, sino que se sienta, se pide su coca-cola, su pincho de tortilla, y luego algo dulce, y pasa el recreo masticando. Él dice que tiene hambre, y que es como mejor pasa los recreos. La semana pasado cerraron la cafetería dos días por unos problemas que hubo. A punto estuve de llorar cuando le vi como un alma en pena, vagando con los pasillos, con lágrimas en los ojos y sin nada que hacer ni con quien hacerlo. La cafetería es su refugio y se lo habíamos quitado.

Otros niños tienen ese refugio en la biblioteca: corren con sus libros o sus cuadernos a repasar, o a hacer deberes, pero en realidad temen enfrentarse al patio en soledad.


Estar solo es terrible si no es voluntario. Y estar solo con catorce, quince años, tiene que ser algo espantoso.

Pero lo malo es que siempre va a haber esos casos. Y ¿qué podemos hacer al respecto? Me resulta doloroso ver que la gente no se integra, con nadie, ni siquiera con otra gente que tampoco se integra, un poco como refugio para no estar tan solos. La falta de habilidades sociales siempre ha sido un problema. No es que ahora haya más, no es que ahora haya más de nada, es que, afortunadamente somos más conscientes de lo que hay e intentamos buscar soluciones. Me temo que no consigo encontrarlas. En este caso no veo el camino.

viernes, 9 de febrero de 2018

No quererse

Hace bastante tiempo que os hablé de mis alumnos, en este caso alumnas, y las autolesiones. Creo que es algo, no sé si se podría decir que está de moda, pero sí que cada vez es más frecuente.


El curso pasado acabé muy estresada en junio. Y gran parte del problema era una de mis alumnas, una alumna que se producía a menudo unos daños tremendos en forma de cortes en piernas, brazos y tripa. Y luego, al día siguiente, venía a clase con las heridas a la vista, en una especie de alarde que a mí me dejaba confundida y que nadie entendía. Hablé cientos (literalmente) de veces con su madre, pero os diré que, como su hija daba problemas, la había mandado al pueblo con los abuelos. Hablé con sus conocidos, con sus amigos. Era un chica absolutamente tóxica con su entorno, pero especialmente con ella misma. Provocaba problemas constantemente para llamar la atención sobre su persona. Yo entendía que aquello no era una llamada de auxilio, sino un grito a pleno pulmón, pero no me dejaba acercarme. Se cortaba y ponía sus heridas en sus estados del wasap o en instagram... Llegué a tener pesadillas, a dormir poco y mal y a desear fervientemente que acabara el curso para que volviera con su madre y dejara de ser problema mío. Siento decirlo así, pero ese era mi pensamiento.


En fin. Se marchó con su madre. No creo que nada se haya solucionado pero insistí en que fuera a un profesional. Y, al menos en un principio, me hicieron caso.

Este año tengo una alumna que siempre se ha quejado de, no sé si acoso, sino de estar sola en el instituto, de no tener amigos, de estar aislada, lo cual es cierto.

Este año ha empezado a salir con un chico y parecía más alegre, más participativa... estábamos contentos... hasta que el otro día sacó unas cuchillas en clase (no en mi clase, pero podía haber sido) y se puso a cortarse el brazo delante de sus compañeros. Y, por si nadie lo había visto, luego puso las cuchillas en una caja y se las entregó a un compañero para que se las guardara, asegurando que en casa siempre la estaban vigilando y que si la pillaban otra vez con cuchillas la iban a internar.


Los chicos a ella no le dijeron nada, pero vinieron a mí, asustados, pidiéndome que hablara con la abuela (sí, esta también tiene padres pero la niña vive con su abuela). Cuando se lo cuento, la abuela no sabe por dónde tomarlo, porque nunca han sabido nada de lesiones, ni de cuchillas, ni han tenido conocimiento de que ella se hubiera hecho daño alguna vez.

Está claro que vuelve a ser una llamada de atención: me hago daño pero quiero que se entere todo el mundo de lo mal que estoy. Y el problema es la soledad. La abuela, que no es una madre, es una abuela, no lo entiende. Dice que la niña tiene de todo, que no entiende lo que le pasa, y yo creo que está claro que tiene un problema en el instituto, pero también en casa.


El caso es que pensaba sugerirles a los chicos de clase que la arroparan un poco, que le dijeran si iba con ellos a comprar el bocadillo, que es lo que hacen en el recreo, ir a la plaza, comprar el bocadillo y volver. Y sé que ellos lo harían, pero la chica dice que no quiere amistad con ellos, que no le interesa. Y el otro día perdí un poco la paciencia con ella, porque creo que el problema no es solo de su entorno, sino también suyo: autocompadecerse está bien un rato, pero luego hay que hacer algo por solucionarlo. Y no puedes pensar que nadie es tan guay, tan especial y tan... como tú eres, y que la gente que hay a tu alrededor no vale nada. No sé si me entendéis.

Pues así estamos. Otra vez. Ella aprovecha el más mínimo resquicio en clase para hablar de sangre, heridas, muertos, suicidio... Los demás están asustados, dicen que cualquier día tenemos un problema grave con ella. Y por los demás me refiero a los alumnos, porque yo he hablado con todos los que podía hablar en el centro y nadie se ha movido. Al menos la abuela ha buscado ayuda profesional.


Como comprenderéis, a mí esto me quita el sueño, por un lado, y por otro creo que ya me estoy haciendo dura ante estas situaciones, cosa que no quiero en absoluto. Endurecerse es algo que no quiero que me pase, porque mis alumnos de mañana se merecen la misma sensibilidad ante sus problemas que los de ayer y los de hoy.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cerrando etapas

La vida son etapas, eso está claro. (Sí, menudo pensamiento original ¿eh?) Y cuando sientes que cierras una etapa, a veces da mucha pena, otras veces es un alivio, a veces es bueno, otras no tanto, pero siempre, siempre, me produce una mezcla de vértigo y nostalgia.




Ocurrió cuando mi hijo mayor durmió la primera noche de un tirón. Fue con más de tres años y medio. Fue un alivio pensar que iba a volver a dormir después de tanto tiempo, pero también era una pena, porque ya no tenía un bebé en casa, sino un niño.

Pasó también cuando los dos crecieron y, después de intentar varias veces tener un tercer hijo, nos rendimos y regalamos todas las cosas de bebé. Cuando salieron de casa rumbo a Cáritas, algo se me rompió por dentro. Otra etapa cerrada. De las que duelen.

Así ocurre con muchas cosas, no solo con los hijos. No me supuso ninguna pena, después de once años de estudio, deshacerme de todos mis apuntes cuando por fin aprobé las oposiciones. Pero sabía que entraba en otro momento, un momento de mayor madurez, que dejaba atrás mi juventud de estudio. Y eso, también, hay que reconocer que da pena.

Me pasó lo mismo al cumplir los cuarenta. No es que fuera un trauma, ni mucho menos. Me encanta cumplir años y seguir aquí, dando guerra. Pero para mí también fue un punto de inflexión, algo que hizo que me replanteara muchas cosas, que se cerrara una etapa y empezara otra.




Luego llega un día en que ves que tus padres ya son mayores. No diré ancianos, porque yo aún no les veo ancianos, pero sí mayores, y necesitan más de ti que tú de ellos. Eso llena tu mente de recuerdos de otros tiempos, de las vacaciones todos juntos, de mi madre siempre ocupada haciendo miles de cosas a la vez, de un montón de cosas que se agolpan en mi mente cada vez que pienso que me necesitan.




Y en estos días siento que se ha cerrado otra etapa: una que he disfrutado mucho, afortunadamente, y que me ha llenado de miles de cosas, de anécdotas y de historias. Hace unos días murió el último de los hermanos de mi abuela paterna. Tenía 95 años y ahora ya estaba muy malito. Ha sido una mezcla de la pena propia del momento con el alivio de ver que una persona a la que quieres va a dejar de sufrir. Y también ha sido el momento en que me he dado cuenta de que no queda nadie de esa generación para dejar constancia de una época. Afortunadamente, siempre me ha encantado escuchar lo que quisieran contarme, todos mis abuelos y sus hermanos, que han sido muchos. Como os digo, los he disfrutado porque siempre he buscado su compañía. Y mi hijo mayor también. Me alegro de que no hace mucho pasáramos la tarde sentados al sol con mi tío a la puerta de su casa, en una de nuestras visitas al pueblo. Y de que mi chico escuche tanto como yo lo he hecho siempre.




Dicen que uno no muere mientras lo recuerden, así que mis tíos tienen para rato, porque siempre voy a acordarme de ellos, y espero que mis hijos también.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Buscar las fuerzas

Hace muchos años ya, vivía con nosotros una amiga y compañera y me ayudaba con el mayor (entonces el único), lo llevaba a la guardería por las mañanas, porque yo me iba a trabajar bastante lejos, antes de que abrieran, y siempre me decía que ella no podría tener hijos por los malos momentos.




Yo entonces no lo veía así, y no entendía muy bien a qué se refería. Ella siempre me decía que tenía, por ejemplo, jaquecas bastante fuertes, y que si tienes un hijo tienes que atenderle de todas formas, tengas lo que tengas y estés como estés, que lo tuyo normalmente no es lo primero, y que no sabía si ella valdría para eso.





Y tiene su parte de razón, pero también creo que cuando tienes hijos tu cerebro, tu cuerpo, lo que sea, hace que lo tuyo pase a segundo plano cuando el niño necesita algo. Te duele la cabeza, has pasado mala noche, tienes la espalda destrozada, pero el niño requiere que juegues con él, que le prepares la merienda, y el mundo no se para, así que supongo que eso te hace más fuerte.





En estos momentos en que estoy un poquito baja de ánimos, seguramente si no tuviera a mis hijos no me levantaría pronto para adelantar trabajo, ni iría cada día a hacer algo de deporte (aunque esta semana me la estoy tomando bastante de relax en ese sentido); tampoco me pasaría la tarde estudiando con el pequeño, o llevándole a actividades, ni ayudando al mayor con sus dudas, o yendo y viniendo ocupada en mil cosas, sino que me pasaría las tardes en casa, vegetando de la cama al sofá; ni tendría entradas para un concierto en un par de días, porque mis ganas para todo eso son bastante pocas.




Lo que quiero decir, a pesar de estar expresándome fatal, es que los hijos necesitan de nosotros, pero también te dan los motivos para sacar fuerzas, para seguir adelante. No es nunca lo que tú les das, sino lo que recibes de ellos cada día.

Lo sé, hoy me he puesto ñoña. Prometo que no pasará más, al menos en unos días.

viernes, 23 de junio de 2017

La noche de San Juan

Esta noche, más que nunca, necesito quemar lo antiguo, olvidar muchas cosas, empezar de nuevo en muchos aspectos.



Tengo un día horrible que finaliza una semana terrible de un mes espantoso que es al final de un curso malo, muy malo. Pero que no viene solo, porque creo que los últimos dos o tres no han sido del todo buenos, por decirlo alegremente.



El caso es que necesito más que nunca confiar en que podemos empezar de nuevo. Hoy purificamos y nos damos la oportunidad de un nuevo inicio, de que todo esté por estrenar.



Todos en esta casa cerramos etapas y necesito que las cerremos de verdad. Quiero que todo lo malo quede atrás y que a partir de mañana mis pasos, nuestros pasos, los de todos, nos lleven donde queremos estar.



Por eso esta noche iré a la hoguera y confiaré en que un nuevo comienzo siempre es posible.


viernes, 9 de junio de 2017

Rechazo

Hace ya unos cuantos años, tuve un grupo de alumnos muy malo. Era terrible. Muchos no tenían material, ni libro ni cuadernos, otros apenas leían, y mal, se portaban fatal, no querían hacer nada y nos tenían a todos bastante agobiados.



Recuerdo una vez en que estaba yo en la pizarra explicando y cuando me di cuenta, tenía a uno intentando hacer el pino al fondo de la clase. Con eso quizá esté todo dicho.

Para colmo, tenía clase con ellos todos los días, cinco horas a la semana, y tres de ellas a última hora (las otras dos a penúltima) con lo que el comportamiento y falta de atención eran más graves aún.

Con el paso de las semanas y de los meses, llegué a sentir un rechazo por ese grupo que se empezó a manifestar de forma física. No es que me pusiera nerviosa cuando me tocaba con ellos, que también, sino que me empezaba a doler la cabeza, o el estómago, me sentía mareada, mala, enferma, en definitiva.



Aquel año hicimos lo que pudimos por esos chicos, que fue muy poco. Y tiempo después me encontré a dos de ellos en un centro comercial y se acercaron a saludarme. Lo cuento a menudo porque los dos, en cuanto me vieron se quitaron rápidamente la gorra para hablar conmigo. No creo que de aquel grupo ningún alumno consiguiera sacar la ESO, y ya es triste.

Pues bien, ahora me está pasando lo mismo con mi tutoría. Mi cuenta atrás particular tiene mucho que ver con ellos, y estoy pendiente mentalmente, no de los días de clase que faltan, sino de las horas de clase que me quedan con ellos (10, si no cuento las dos de hoy) porque quiero perderlos de vista.




Sé que no suena muy bonito ni muy políticamente correcto. Pero es la verdad. Seguiría un mes más o lo que hiciera falta con mis otros dos grupos. Voy a gusto a clase con ellos y seguimos trabajando como hasta ahora, con más dificultades porque son fiestas, porque hace calor, porque se acerca el final del curso, pero seguimos bien.

Con mi clase las cosas han ido mal siempre. He intentado ganármelos, motivarles, llevarles por un camino que no han tomado. Me siento fracasada con ellos aunque a ellos no les importe, lo cual es bastante triste. Da igual los pequeños triunfos que hayamos tenido a lo largo del curso; en el último mes lo hemos perdido todo: mi alumna ha vuelto a los porros con más ganas, como era de esperar, los que estaban cerca del aprobado se decantan por el lado del suspenso, pocos van a pasar de curso y los que lo hagan lo van a tener complicadísimo, por no decir imposible, el curso próximo...




Y no me gusta darles clase. Todo en mí los rechaza de una forma bastante fuerte. Lo noto en mis dolores de cabeza, en mis ganas de llorar, de no hacer nada, en el rechazo frontal que me supone entrar en clase con ellos, en las pocas ganas que tengo de contestarles a los mensajes que me envían, en mi cuenta atrás que, este año, sintiéndolo mucho, va por ellos.

jueves, 20 de abril de 2017

Endurecerse

Tengo la mala suerte de que mis hijos, los dos, son bastante herméticos, cuentan poco y les cuesta expresar sentimientos. Yo no soy así y me es difícil asimilarlo, pero cuando era adolescente tampoco les contaba gran cosa a mis padres, esa es la verdad. Una vez recuerdo que mi madre me comentó que, observándome con mi entonces novio, le extrañaba que tuviera tanto que contarle, porque yo hablaba muy poco en casa.



Pero, a pesar de que mis hijos cuenten poco, en los últimos dos años del mayor y en todos los años de escolarización del pequeño me he ido enterando de cosas que no me han gustado, y que sumadas, una por una, han terminado construyendo una montaña, especialmente en lo que se refiere a mi hijo pequeño.




Con el tiempo, con los años, todos nos hacemos más duros, menos sensibles. Yo creía que estaba a salvo de eso pero en los últimos tiempos sí creo que me estoy endureciendo, algo que nunca he pretendido ni me ha gustado. Y cuando te cuentan cosas que vive tu hijo día a día las asimilas y sigues adelante, a veces incluso sin parpadear. Pero supongo que van quedando dentro, que son tantas cosas las que hemos pasado, las que ha pasado, que en algún momento saldrán. Bueno, en realidad en algún momento salen, de vez en cuando dice algo que nos resulta doloroso, algo que pasó tal vez hace unos días, unos meses o incluso unos años.




Total que un día la psicóloga te dice que vayas INMEDIATAMENTE al colegio porque el niño, por un montón de datos y de cosas que le ha contado, se siente acosado por uno de sus compañeros, y no solo por él, sino por todo un grupo que le sigue.

Otro día vienes conduciendo camino de casa y te encuentras que tu hijo, que cada día te asegura que va y viene a clase con sus compañeros, se acerca camino de casa solo y con cara de pocos amigos porque ha discutido, dice, con ellos.

Otro día, tomando un café con gente, una madre de la clase te comenta que un día de esa semana le acompañó hasta el colegio porque le vio solo, y TRISTE.

Otro día, otra madre te cuenta un comentario del supuesto acosador hacia sus amigos refiriéndose a tu hijo: "¿Pero hasta cuándo va a venir este con nosotros?"

Otro día más, para terminar de rematar, el profesor de tu hijo insulta al niño en clase. No es la primera vez y el niño siempre se queja de cómo lo trata, pero esta vez ha sido totalmente doloroso. (Sí, los profesores a veces solo servimos para empeorar las cosas).




Así que hablas con profesores, directora, psicólogos, orientadores... llevas un informe que especifica que el niño está sufriendo acoso, va tu marido a hablar una y otra vez con unos y con otros pero nada cambia, nada se hace, no hay ningún movimiento.

Solo un niño que está deseando que lleguen los fines de semana, que ahora ha cogido la manía de que le duele la tripa o la cabeza para que le vayamos a buscar al colegio , y una familia al completo que está deseando que termine el curso ya.

Y notas que te endureces, que sueñas con ello, que le das vueltas, que se mantiene en tu mente pero ya no lloras cada vez que pasa algo de esto. Quizá eso sea madurar, o solo se trata de hacerse más fuerte. Si es así, en los últimos años me he convertido en un superhéroe.




(y sé lo que me vais a decir, que me lo lleve del colegio, y tal vez debí hacerlo hace años pero, por diversas razones, no lo hice y ahora nos quedan dos meses para pasar página y no quiero descolocar al niño, al que a veces parece que todo le resbala bastante. Hoy solo quería desahogarme.)