Hace mucho que no os cuento conversaciones con mis hijos, y es que creo que se van haciendo mayores y ya no me pega contar por aquí sus cosas. Evolucionan, y nosotros con ellos. Pero el último mes ha sido muy intenso con mi peque en cuanto a conversaciones trascendentales, y quería dejar por aquí algunas de ellas, antes de que se me olviden.
- Mamá. Hoy todos en el patio han estado vigilando a unos a ver si se besaban.
- Pues vaya tontería... ¿Tú también?
- Yo solo un poco.
- ¿Y se besaron?
- Sí, al final sí.
Pone cara de asco o circunstancias.
- No sé cómo se besa.
- Ya aprenderás.
- Me refiero a con lengua y eso.
- Ya... claro, con lengua y eso.
(No quiero hablar más porque la cosa se complica y qué puedes decir en estos casos)
Tan solo unos días después...
- Tengo novia.
- ¿Ah, sí?¿Desde cuando?
- Desde hoy.
- ¿Y eso? ¿se lo has pedido?
- Sí
- ¿Y te ha dicho que sí?
- Claro, mamá, si no, no sería mi novia.
...
- Estoy muy nervioso, porque ahora no sé lo que tengo que hacer.
- No tienes que hacer nada. Tratarla bien, ser su amigo, escucharla, no contar las cosas que ella te cuente a nadie... esas cosas. Nada más.
Días después:
- Quiero regalarle a mi novia un marcapáginas. ¿Cómo lo hago?
Ahí vi el cielo abierto, porque ¿para qué tengo yo cientos de papeles, papelitos, washis y demás familia que mis hijos siempre miran con condescendencia, como diciendo "déjala a mamá, la pobre, le gustan esas cosas"? Abrimos youtube, y nos pusimos manos a la obra. Nos quedaron unos corazones marcapáginas de origami preciosos.
- Hoy me encontré diez céntimos a la salida de clase e invité a mi novia a dos gominolas.
- Me parece muy bien, hijo, que seas generoso.
- Esperaba que dijera, una para cada uno, pero se las comió las dos...
- ...
Días más tarde...
- ¿Qué tal te va con tu novia?
- Bien. Pero aún no nos hemos cogido de la mano.
- Bueno, poco a poco, ya llegará.
- Ya, pero nos damos abrazos.
En fin. Han sido unos días de cientos de cartas y mensajes, de pequeños regalos y de bolsillos y mentes llenitos de corazones. ¿Sabéis lo que es un "mesario"? No estáis nada puestos: el aniversario de un mes saliendo juntos. Y casi, casi, lo hemos celebrado. Salvo que dos días antes, ella le dejó, rompiéndole un poquito el corazón.
- Es una pesada mamá.
- ¿Porque ya no quiere estar contigo?
- No, porque lo es.
- Bueno, pues entonces mejor si ya no es tu novia, ¿no?
- ... sí, claro.
Pues eso, que pronto empezamos con estas historias...
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miércoles, 14 de marzo de 2018
lunes, 16 de enero de 2017
Mis alumnos este curso
Ya estamos en el segundo trimestre y puedo hablaros un poco de mis alumnos.
No creo que tenga en este centro alumnos con situaciones familiares tan desesperadas y tan tristes como los que he tenido los últimos años, pero no olvidemos que mis alumnos están en un programa especial al que acceden por haber tenido dificultades, que a veces son de concentración, de estudio, pero otras son familiares y de entorno.
Quiero contaros algunas cosillas de mis alumnos, sin nombres reales, claro (esa confidencialidad...) y sin meterme de lleno en algunas cosas que creo que debo callar.
Empezaré hoy por mi principal dolor de cabeza: Sara.
- A los diez años empecé a fumar, y a los once ya fumaba porros.
Son sus palabras, en clase, y ante sus compañeros.
He tenido la enorme suerte de caerle bien. No es mutuo pero ella no lo sospecha y quiero que siga siendo así, porque es una alumna a la que se soporta llevándola bien, y te puede hacer la vida imposible si no es así. Además, ella y su mejor amigo, Jonathan, son los líderes de la clase.
Su amigo y yo hemos luchado desde el primer día porque deje, o al menos limite, su consumo de marihuana. Sin éxito.
Lo bueno es que ella sabe que tiene un problema y quiere dejarlo, pero no encuentra fuerza de voluntad para hacerlo. Sabe que dejarlo viene de la mano con dejar de lado algunas amistades y no quiere pasar por eso, porque sus amigos son para ella lo primero.
Fuma normalmente antes de entrar en el instituto, y luego en el recreo. Y al salir, por la tarde, por la noche... A veces le da la risa tonta y otras está medio dormida, no aguanta las mañanas completas en clase, concentrada o atenta, y depende de la hora que sea, el profesor la aguanta a ella mejor o peor. Su capacidad para entender las cosas y su memoria están bastante mermadas. Ella lo sabe y le da mucha rabia. Necesita que le repitas las cosas, que se las recuerdes, que le des todo muy masticado, porque si no no se entera.
Es muy visceral y temperamental y eso le crea problemas. También estamos trabajándolo.
La semana pasada, por ejemplo, tenía tos y su profesor no le dejó ir al baño. Empezaron una escalada en las que les faltó poco a los dos para llegar a las manos. Resultado: está expulsada un día de esta semana. Y quiero contaros la conversación que tuvo entonces con la jefe de estudios, para que me deis vuestra opinión:
- Ya sé que me he pasado, pero tú sabes que yo he cambiado mucho, que he mejorado mucho desde que entré en el instituto hasta ahora.
- Ya, ya lo sé.
- Y este año lo estoy intentando, es el primer año que estudio, y vengo a clase todos los días. No me castigues, por favor, que voy a pedirle perdón y a intentar hacerlo mejor.
- Tengo que castigarte.
- Pero si he cambiado mucho...
- Sí, has cambiado, pero no lo suficiente.
Aquella conversación me dejó muy mal, porque sé que como jefe de estudios tiene que hacer que se cumplan unas normas, pero... no sé qué decir, si un alumno mejora y cambia y no le toleramos ni un solo error en cuatro meses, cuando antes esta actitud de peleas, broncas, gritos, insultos... era diaria...
¿Qué pensáis?
No creo que tenga en este centro alumnos con situaciones familiares tan desesperadas y tan tristes como los que he tenido los últimos años, pero no olvidemos que mis alumnos están en un programa especial al que acceden por haber tenido dificultades, que a veces son de concentración, de estudio, pero otras son familiares y de entorno.
Quiero contaros algunas cosillas de mis alumnos, sin nombres reales, claro (esa confidencialidad...) y sin meterme de lleno en algunas cosas que creo que debo callar.
Empezaré hoy por mi principal dolor de cabeza: Sara.
- A los diez años empecé a fumar, y a los once ya fumaba porros.
Son sus palabras, en clase, y ante sus compañeros.
He tenido la enorme suerte de caerle bien. No es mutuo pero ella no lo sospecha y quiero que siga siendo así, porque es una alumna a la que se soporta llevándola bien, y te puede hacer la vida imposible si no es así. Además, ella y su mejor amigo, Jonathan, son los líderes de la clase.
Su amigo y yo hemos luchado desde el primer día porque deje, o al menos limite, su consumo de marihuana. Sin éxito.
Lo bueno es que ella sabe que tiene un problema y quiere dejarlo, pero no encuentra fuerza de voluntad para hacerlo. Sabe que dejarlo viene de la mano con dejar de lado algunas amistades y no quiere pasar por eso, porque sus amigos son para ella lo primero.
Fuma normalmente antes de entrar en el instituto, y luego en el recreo. Y al salir, por la tarde, por la noche... A veces le da la risa tonta y otras está medio dormida, no aguanta las mañanas completas en clase, concentrada o atenta, y depende de la hora que sea, el profesor la aguanta a ella mejor o peor. Su capacidad para entender las cosas y su memoria están bastante mermadas. Ella lo sabe y le da mucha rabia. Necesita que le repitas las cosas, que se las recuerdes, que le des todo muy masticado, porque si no no se entera.
Es muy visceral y temperamental y eso le crea problemas. También estamos trabajándolo.
La semana pasada, por ejemplo, tenía tos y su profesor no le dejó ir al baño. Empezaron una escalada en las que les faltó poco a los dos para llegar a las manos. Resultado: está expulsada un día de esta semana. Y quiero contaros la conversación que tuvo entonces con la jefe de estudios, para que me deis vuestra opinión:
- Ya sé que me he pasado, pero tú sabes que yo he cambiado mucho, que he mejorado mucho desde que entré en el instituto hasta ahora.
- Ya, ya lo sé.
- Y este año lo estoy intentando, es el primer año que estudio, y vengo a clase todos los días. No me castigues, por favor, que voy a pedirle perdón y a intentar hacerlo mejor.
- Tengo que castigarte.
- Pero si he cambiado mucho...
- Sí, has cambiado, pero no lo suficiente.
Aquella conversación me dejó muy mal, porque sé que como jefe de estudios tiene que hacer que se cumplan unas normas, pero... no sé qué decir, si un alumno mejora y cambia y no le toleramos ni un solo error en cuatro meses, cuando antes esta actitud de peleas, broncas, gritos, insultos... era diaria...
¿Qué pensáis?
viernes, 8 de enero de 2016
En Japón
El otro día leí en el blog de Itziar que en Japón hay setenta y dos microestaciones.
No sabía nada de esto y me ha parecido muy curioso.
Podéis echar un vistazo aquí, donde aparecen todas con su nombre y su significado.
Setenta y dos microestaciones.
Ahora mismo estamos en 芹乃栄 Seri sunawachi sakau o lo que es lo mismo "donde surge el perejil", lo cual me resulta muy divertido.
No sé si surge o no el perejil en estos días, pero sí creo que estamos empezando el año y eso solo puede traer cosas buenas.
No sabía nada de esto y me ha parecido muy curioso.
Podéis echar un vistazo aquí, donde aparecen todas con su nombre y su significado.
Setenta y dos microestaciones.
Ahora mismo estamos en 芹乃栄 Seri sunawachi sakau o lo que es lo mismo "donde surge el perejil", lo cual me resulta muy divertido.
No sé si surge o no el perejil en estos días, pero sí creo que estamos empezando el año y eso solo puede traer cosas buenas.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Vivir con un adolescente
Creo que esta va a convertirse en una sección del blog a partir de ahora, porque me he puesto a escribir sobre mis experiencias de los últimos tiempos con mi hijo mayor y he visto que la cosa da para largo.
Hablemos, por ejemplo, de la ropa:
Hijo antes de entrar de lleno en la efervescencia.
Antes tenía un hijo que salía de casa con la cremallera del pantalón desabrochada, y volvía a casa en el mismo estado.
Muchos días salía con los bolsillos de los vaqueros por fuera, y eso jamás le preocupó.
No pensó que los colores de la ropa se tuvieran que combinar de alguna forma.
Nunca, y digo nunca, fue a una tienda de ropa conmigo a comprarse algo para él. Y no veía la necesidad de entrar en una tienda si no era obligado y protestando.
Muchas veces le decía: mírame a los ojos y dime qué llevas puesto hoy, y era incapaz de decírmelo.
Vamos, que mi hijo se vestía solo por no ir desnudo y la ropa, incluso estando ya en el instituto, me pedía que se la prepara yo porque era incapaz de decidir qué ponerse.
Hijo efervescente.
Se ha comprado unos cuantos pantalones "cagaos" y va con ellos a todas partes.
Me habla de marcas de ropa que ni siquiera conozco, pero que tampoco querría conocer. Y que tampoco puedo pagar, dicho sea de paso.
La cazadora que le compré el año pasado por estas fechas, que me costó un dineral, que la eligió él, que yo no quería, esa cazadora es fea, horrible, y ni loco se la pondría para ir a clase.
Por eso, tal vez, el viernes, mientras en la calle había dos grados bajo cero, fue a clase en camiseta. Pero no sospechaba que su madre saldría en el coche detrás de él y estaría esperándole a la puerta del instituto para darle la chaqueta y, según él, dejarle en ridículo delante de tooooodo el mundo.
- Elige castigo. Le dije cuando llegó a casa a comer.
Sabía que le había avisado muchas veces de que no debía salir de casa sin abrigar, así que sabía también que iba a tener consecuencias.
Lo pensó tres segundos, porque su mayor miedo era que le castigara sin salir algún día del fin de semana.
- Friego los platos y recojo la cocina todos los días durante una semana.
- De acuerdo.
- Espera un momento... el lavavajillas sigue estropeado... creo que me he equivocado.
Pues sí, se había equivocado de castigo, pero así tener el lavavajillas roto se me está haciendo más llevadero.
Hablemos, por ejemplo, de la ropa:
Hijo antes de entrar de lleno en la efervescencia.
Antes tenía un hijo que salía de casa con la cremallera del pantalón desabrochada, y volvía a casa en el mismo estado.
Muchos días salía con los bolsillos de los vaqueros por fuera, y eso jamás le preocupó.
No pensó que los colores de la ropa se tuvieran que combinar de alguna forma.
Nunca, y digo nunca, fue a una tienda de ropa conmigo a comprarse algo para él. Y no veía la necesidad de entrar en una tienda si no era obligado y protestando.
Muchas veces le decía: mírame a los ojos y dime qué llevas puesto hoy, y era incapaz de decírmelo.
Vamos, que mi hijo se vestía solo por no ir desnudo y la ropa, incluso estando ya en el instituto, me pedía que se la prepara yo porque era incapaz de decidir qué ponerse.
Hijo efervescente.
Se ha comprado unos cuantos pantalones "cagaos" y va con ellos a todas partes.
Me habla de marcas de ropa que ni siquiera conozco, pero que tampoco querría conocer. Y que tampoco puedo pagar, dicho sea de paso.
La cazadora que le compré el año pasado por estas fechas, que me costó un dineral, que la eligió él, que yo no quería, esa cazadora es fea, horrible, y ni loco se la pondría para ir a clase.
Por eso, tal vez, el viernes, mientras en la calle había dos grados bajo cero, fue a clase en camiseta. Pero no sospechaba que su madre saldría en el coche detrás de él y estaría esperándole a la puerta del instituto para darle la chaqueta y, según él, dejarle en ridículo delante de tooooodo el mundo.
- Elige castigo. Le dije cuando llegó a casa a comer.
Sabía que le había avisado muchas veces de que no debía salir de casa sin abrigar, así que sabía también que iba a tener consecuencias.
Lo pensó tres segundos, porque su mayor miedo era que le castigara sin salir algún día del fin de semana.
- Friego los platos y recojo la cocina todos los días durante una semana.
- De acuerdo.
- Espera un momento... el lavavajillas sigue estropeado... creo que me he equivocado.
Pues sí, se había equivocado de castigo, pero así tener el lavavajillas roto se me está haciendo más llevadero.
jueves, 19 de noviembre de 2015
Dudas
A veces parece que no está bien visto dudar de las cosas.
Supongo que aún nos puede la vergüenza en muchos terrenos, y no queremos que nadie sepa que no tenemos algo demasiado claro.
Mis alumnos no preguntan dudas muy a menudo, y eso que me muestro cercana, siempre les atiendo, no me río de sus preguntas, tengo una actitud positiva y me paso la vida preguntando si tienen dudas. Aunque a veces me cuesta mucho contenerme, porque, cuando se sueltan, me preguntan cosas de cualquier tema, y cosas realmente increíbles.
Os mostraré algunas dudas de mis alumnos en estos dos meses de curso que me han dejado ojiplática, especialmente con respecto a cualquier tema histórico, del que oyen campanas y no saben de dónde les vienen, pero yo les miro sin parpadear (a veces es que, sinceramente, no puedo ni moverme) e intento aguantar el tipo:
- Oye, prooofeee, y una cosa que siempre me he preguntado... esto... las fronteras... esto, ¿están ahí, dibujadas en el suelo? quiero decir, que si tú vas a Francia ves una raya ahí... ahí cuando pasas la frontera y eso...
Claro, alguien ha pintado rayas por ahí, en los desiertos, encima de los ríos, en las montañas... para que todos sepamos dónde acaba un país y dónde empieza el otro.
- Prooofeee. ¿A quién se le ocurrió llamar sustantivos a los nombres? porque, vamos, digo yo, que si son nombres, más fácil hubiera sido llamarles nombres y ya está.
Desde luego, los lingüistas son seres complicados donde los haya.
- Si los antiguos no hablaban, los hombres primitivos esos..., ¿a quién se le ocurrió empezar a hablar? ¿Es conocido, quiero decir, se sabe su nombre?
Sí, hombre, tuvo la idea de usar el lenguaje, se le ocurrió una noche que dormía mal, y luego lo puso todo por escrito y firmó con su nombre para que no le quitaran la idea.
- ¿Y por qué la gente iba a la plaza del pueblo a escuchar a los juglares? No lo entiendo,... menudo rollo, pues yo me iría a jugar al fútbol con mis amigos.
Pues sí, si no fuera porque era una época en que tendrías que trabajar de sol a sol, y además el fútbol, por muy raro que te parezca, no existía.
- Prooofeee, prooofeeee, a ver, una pregunta,... hmmm, esto de la Edad Media que dices, o sea..., que terminó en el siglo XV, pero ellos..., los que vivían en el siglo XV ¿lo sabían?, o sea, ¿sabían que se estaba terminando la Edad Media?
Sí, claro, pusieron luces de neón y todos hicieron una cuenta atrás el día que terminó la Edad Media, gritando: ¡Adios, Edad Media, bienvenido, Renacimiento!
- Prooofeee... los de la Edad Media ¿sabían que estaban en la Edad Media? o sea, en la tele y eso salía algo que decía: Estamos en la Edad Media.
Claro, claro, ellos lo tenían muy claro, y los medios de comunicación, en especial internet, no paraban de repetirlo, que estaban en la Edad Media, y la llamaban media porque sabían que después venía la Moderna.
Y a todo esto, sin reírme, y seriamente, he tenido que contestar de manera coherente, no creáis.
(por si alguien tiene dudas, mis alumnos tienen quince años)
Supongo que aún nos puede la vergüenza en muchos terrenos, y no queremos que nadie sepa que no tenemos algo demasiado claro.
Mis alumnos no preguntan dudas muy a menudo, y eso que me muestro cercana, siempre les atiendo, no me río de sus preguntas, tengo una actitud positiva y me paso la vida preguntando si tienen dudas. Aunque a veces me cuesta mucho contenerme, porque, cuando se sueltan, me preguntan cosas de cualquier tema, y cosas realmente increíbles.
Os mostraré algunas dudas de mis alumnos en estos dos meses de curso que me han dejado ojiplática, especialmente con respecto a cualquier tema histórico, del que oyen campanas y no saben de dónde les vienen, pero yo les miro sin parpadear (a veces es que, sinceramente, no puedo ni moverme) e intento aguantar el tipo:
- Oye, prooofeee, y una cosa que siempre me he preguntado... esto... las fronteras... esto, ¿están ahí, dibujadas en el suelo? quiero decir, que si tú vas a Francia ves una raya ahí... ahí cuando pasas la frontera y eso...
Claro, alguien ha pintado rayas por ahí, en los desiertos, encima de los ríos, en las montañas... para que todos sepamos dónde acaba un país y dónde empieza el otro.
- Prooofeee. ¿A quién se le ocurrió llamar sustantivos a los nombres? porque, vamos, digo yo, que si son nombres, más fácil hubiera sido llamarles nombres y ya está.
Desde luego, los lingüistas son seres complicados donde los haya.
- Si los antiguos no hablaban, los hombres primitivos esos..., ¿a quién se le ocurrió empezar a hablar? ¿Es conocido, quiero decir, se sabe su nombre?
Sí, hombre, tuvo la idea de usar el lenguaje, se le ocurrió una noche que dormía mal, y luego lo puso todo por escrito y firmó con su nombre para que no le quitaran la idea.
- ¿Y por qué la gente iba a la plaza del pueblo a escuchar a los juglares? No lo entiendo,... menudo rollo, pues yo me iría a jugar al fútbol con mis amigos.
Pues sí, si no fuera porque era una época en que tendrías que trabajar de sol a sol, y además el fútbol, por muy raro que te parezca, no existía.
- Prooofeee, prooofeeee, a ver, una pregunta,... hmmm, esto de la Edad Media que dices, o sea..., que terminó en el siglo XV, pero ellos..., los que vivían en el siglo XV ¿lo sabían?, o sea, ¿sabían que se estaba terminando la Edad Media?
Sí, claro, pusieron luces de neón y todos hicieron una cuenta atrás el día que terminó la Edad Media, gritando: ¡Adios, Edad Media, bienvenido, Renacimiento!
- Prooofeee... los de la Edad Media ¿sabían que estaban en la Edad Media? o sea, en la tele y eso salía algo que decía: Estamos en la Edad Media.
Claro, claro, ellos lo tenían muy claro, y los medios de comunicación, en especial internet, no paraban de repetirlo, que estaban en la Edad Media, y la llamaban media porque sabían que después venía la Moderna.
Y a todo esto, sin reírme, y seriamente, he tenido que contestar de manera coherente, no creáis.
(por si alguien tiene dudas, mis alumnos tienen quince años)
viernes, 6 de noviembre de 2015
La mujer de su vida
Tengo un alumno que me llama la mujer de su vida.
Sí, sé que suena raro, pero cuando os cuente la historia creo que dejará de parecerlo, porque no tiene ninguna connotación extraña.
Hace cuatro años, cuando llegué al instituto, me tocó una tutoría de alumnos muy majos pero que no hacían nada. Os hablé de ellos aquí. Entre ellos tenía cuatro o cinco que repetían, dejados de la mano de todo el mundo, desahuciados de los estudios.
Uno de esos alumnos era este, un chico estupendo, muy educado y cariñoso, pero que no hacía nada y estaba muy perdido.
En poco tiempo le incluí entre mis enchufados. Tuvimos muchas charlas y él enseguida empezó a confiar mucho en mí, a contarme cosas de su vida, su familia, las chicas que le interesaban. Parecía sentir la necesidad de contarle a alguien, de confiarse a alguien. Y empecé a saber cosas de su vida, y uff, no os podéis imaginar qué dura...
Aprobó el curso y no he vuelto a darle clase, pero cuando me ve siempre me llama "mi Rosi", me abraza, o me achucha, y siempre me cuenta cómo le va y lo que le pasa. Y no le pierdo de vista en ningún momento, pregunto a mis compañeros cómo le va en el último examen, cómo se comporta en clase...
Al terminar cuarto de la ESO, pensó dejar de estudiar, y le obligué, literalmente, llevándole en coche hasta casa y trayéndole de vuelta, a matricularse de Bachillerato, porque es un chico muy capaz.
El curso pasado, ya en primero de bachillerato, le tocó como tutora una profesora muy buena, muy eficaz y además amiga mía. Nos propusimos sacar adelante al chaval como fuera. En cuanto empezó a faltar a clase, ella que tiene mucha psicología le dijo:
- Rosana hablándome siempre bien de ti, de lo bueno que eres, de lo majo que eres, de lo buen estudiante, de lo que te quiere... y no se corresponde con tu comportamiento y tu actitud.
A lo que él le respondió algo que a mí ya me había dicho en numerosas ocasiones, más en grupito pequeño, pero esta vez lo dijo ante toda la clase.
- No le digas a Rosi que no estoy estudiando, que ella es la mujer de mi vida.
- Ah, ¿sí? ¿es la mujer de tu vida?, pues va a enterarse de esto.
Lo cogimos en un recreo entre las dos y le dimos una buena charla.
En la primera evaluación suspendió dos materias. Le volvimos a coger y la charla fue de campeonato. No os digo más que tiene barba, pero acabó llorando.
A final de curso aprobó todo y está en segundo de bachillerato estupendamente, al menos de momento.
Cuando este chico nació, su madre pensó que era demasiado joven para cuidarle, y le dejó con los abuelos. Ella siguió viviendo en el pueblo, pero nunca se ha preocupado por él. Ahora tiene hermanos de diferentes padres que sí viven con su madre, y alguno de ellos estudia en el mismo instituto que él, pero ella no ha mirado a la cara a su hijo desde entonces, ni le ha ido a ver, ni le habla, ni se comunica con él para nada. Y viven en el mismo pueblo.
Eso es muy triste, porque sus abuelos han hecho por él todo lo que han podido, pero le falta un apoyo y un cariño de alguien más o menos de la edad de su madre, y cuando llegué yo desde siempre le llamo "mi niño", algo que hago con muchos alumnos, pero que él agradecía de corazón. Y desde entonces siempre me trata como si fuera de su familia, porque sabe que mi preocupación por él siempre ha sido cierta, y que le he defendido donde ha hecho falta, y que le quiero mucho, porque creo que hay que poner cariño ahí donde hace falta. Y es que además es muy rico. Un tiarrón de más de dieciocho años muy rico.
El caso es que no soy nada suyo, ni tampoco pretendo serlo, pero en este momento, he terminado por ser la mujer de su vida que más se ha preocupado por él (sin contar a su abuela, claro).
Sí, sé que suena raro, pero cuando os cuente la historia creo que dejará de parecerlo, porque no tiene ninguna connotación extraña.
Hace cuatro años, cuando llegué al instituto, me tocó una tutoría de alumnos muy majos pero que no hacían nada. Os hablé de ellos aquí. Entre ellos tenía cuatro o cinco que repetían, dejados de la mano de todo el mundo, desahuciados de los estudios.
Uno de esos alumnos era este, un chico estupendo, muy educado y cariñoso, pero que no hacía nada y estaba muy perdido.
En poco tiempo le incluí entre mis enchufados. Tuvimos muchas charlas y él enseguida empezó a confiar mucho en mí, a contarme cosas de su vida, su familia, las chicas que le interesaban. Parecía sentir la necesidad de contarle a alguien, de confiarse a alguien. Y empecé a saber cosas de su vida, y uff, no os podéis imaginar qué dura...
Aprobó el curso y no he vuelto a darle clase, pero cuando me ve siempre me llama "mi Rosi", me abraza, o me achucha, y siempre me cuenta cómo le va y lo que le pasa. Y no le pierdo de vista en ningún momento, pregunto a mis compañeros cómo le va en el último examen, cómo se comporta en clase...
Al terminar cuarto de la ESO, pensó dejar de estudiar, y le obligué, literalmente, llevándole en coche hasta casa y trayéndole de vuelta, a matricularse de Bachillerato, porque es un chico muy capaz.
El curso pasado, ya en primero de bachillerato, le tocó como tutora una profesora muy buena, muy eficaz y además amiga mía. Nos propusimos sacar adelante al chaval como fuera. En cuanto empezó a faltar a clase, ella que tiene mucha psicología le dijo:
- Rosana hablándome siempre bien de ti, de lo bueno que eres, de lo majo que eres, de lo buen estudiante, de lo que te quiere... y no se corresponde con tu comportamiento y tu actitud.
A lo que él le respondió algo que a mí ya me había dicho en numerosas ocasiones, más en grupito pequeño, pero esta vez lo dijo ante toda la clase.
- No le digas a Rosi que no estoy estudiando, que ella es la mujer de mi vida.
- Ah, ¿sí? ¿es la mujer de tu vida?, pues va a enterarse de esto.
Lo cogimos en un recreo entre las dos y le dimos una buena charla.
En la primera evaluación suspendió dos materias. Le volvimos a coger y la charla fue de campeonato. No os digo más que tiene barba, pero acabó llorando.
A final de curso aprobó todo y está en segundo de bachillerato estupendamente, al menos de momento.
Cuando este chico nació, su madre pensó que era demasiado joven para cuidarle, y le dejó con los abuelos. Ella siguió viviendo en el pueblo, pero nunca se ha preocupado por él. Ahora tiene hermanos de diferentes padres que sí viven con su madre, y alguno de ellos estudia en el mismo instituto que él, pero ella no ha mirado a la cara a su hijo desde entonces, ni le ha ido a ver, ni le habla, ni se comunica con él para nada. Y viven en el mismo pueblo.
Eso es muy triste, porque sus abuelos han hecho por él todo lo que han podido, pero le falta un apoyo y un cariño de alguien más o menos de la edad de su madre, y cuando llegué yo desde siempre le llamo "mi niño", algo que hago con muchos alumnos, pero que él agradecía de corazón. Y desde entonces siempre me trata como si fuera de su familia, porque sabe que mi preocupación por él siempre ha sido cierta, y que le he defendido donde ha hecho falta, y que le quiero mucho, porque creo que hay que poner cariño ahí donde hace falta. Y es que además es muy rico. Un tiarrón de más de dieciocho años muy rico.
El caso es que no soy nada suyo, ni tampoco pretendo serlo, pero en este momento, he terminado por ser la mujer de su vida que más se ha preocupado por él (sin contar a su abuela, claro).
martes, 27 de octubre de 2015
Mediocres
El otro día leía un artículo que ya os enlacé sobre "madres coñazo". Y me reconozco en algunas cosas y en algunas etapas de mi vida.
Ahora bajo al parque, o alrededores, porque quedo con tres o cuatro madres que, con el tiempo, han dejado de ser "la madre de" para convertirse en amigas, hasta el punto que hace ya tiempo que quedamos sin niños, y sin hablar de niños, lo cual es infinitamente mejor. Pero hubo otros tiempos en los que evitaba en la medida de lo posible bajar al parque, y a mis hijos nunca les fue la vida con eso de salir a la calle, porque se han entretenido mucho en casa, así que bajábamos poco.
La razón de mi odio al parque no viene de correr detrás de mis hijos o empujarles en el columpio. Viene debido a las conversaciones de parque, algo que siempre he intentado evitar y casi he conseguido, aún sabiendo que eso iba a llevarme al ostracismo entre las madres del vecindario.
Cuando mi chico grande era pequeño, bajaba al parque con un libro. No a leer, no, porque cuando son muy pequeños eso es imposible. Mi libro abierto evitaba a otras madres y sus ¿tú hijo, de qué color hace la caca?
Siempre he puesto cara de pocos amigos en el parque y, cuando era posible, he mandado al padre de las criaturas en vez de bajar yo, porque no lo soporto.
A medida que fueron creciendo, los temas diversificaron desde los purés, las frutas, las cacas y los pañales a "el mío ya lo habla todo", "pues el mío sabe hacer puzzles de veinte piezas" "el mío de cincuenta"... y en esa vorágine empiezan, a la tierna edad de tres añitos: "oye, que mi Juanito ya lee un montón de palabras, y nadie le ha enseñado". Mientras pienso que se pasa las tardes intentando que Juanito aprenda un montón de cosas para que sea el primero en todo.
No solía participar en estas cosas. Pero un día, recuerdo que los niños tenían tres años y ya iban a colegio, unas cuantas madres estaban en plan: "porque viene del cole y ya dice todos los colores en inglés, y los números, y canta en inglés, y se sabe las marcas de todos los coches que ve, y conoce a todos los futbolistas del Madrid..." hasta el infinito y más allá y me salió solo:
- Pues el mío es absolutamente mediocre, del montón. No caminó muy pronto, habla regular, no lee, no sabe inglés, en el cole la profe dice que no canta, ni habla ni nada, que como mucho hace playback cuando le obligan, no salta muy alto, no corre muy rápido... Vamos, que es mediocre.
Viendo sus caras horrorizadas rematé con algo que no suelo decir, pero que me quedó muy bien para la ocasión.
- A dios gracias.
Ahora bajo al parque, o alrededores, porque quedo con tres o cuatro madres que, con el tiempo, han dejado de ser "la madre de" para convertirse en amigas, hasta el punto que hace ya tiempo que quedamos sin niños, y sin hablar de niños, lo cual es infinitamente mejor. Pero hubo otros tiempos en los que evitaba en la medida de lo posible bajar al parque, y a mis hijos nunca les fue la vida con eso de salir a la calle, porque se han entretenido mucho en casa, así que bajábamos poco.
La razón de mi odio al parque no viene de correr detrás de mis hijos o empujarles en el columpio. Viene debido a las conversaciones de parque, algo que siempre he intentado evitar y casi he conseguido, aún sabiendo que eso iba a llevarme al ostracismo entre las madres del vecindario.
Cuando mi chico grande era pequeño, bajaba al parque con un libro. No a leer, no, porque cuando son muy pequeños eso es imposible. Mi libro abierto evitaba a otras madres y sus ¿tú hijo, de qué color hace la caca?
Siempre he puesto cara de pocos amigos en el parque y, cuando era posible, he mandado al padre de las criaturas en vez de bajar yo, porque no lo soporto.
A medida que fueron creciendo, los temas diversificaron desde los purés, las frutas, las cacas y los pañales a "el mío ya lo habla todo", "pues el mío sabe hacer puzzles de veinte piezas" "el mío de cincuenta"... y en esa vorágine empiezan, a la tierna edad de tres añitos: "oye, que mi Juanito ya lee un montón de palabras, y nadie le ha enseñado". Mientras pienso que se pasa las tardes intentando que Juanito aprenda un montón de cosas para que sea el primero en todo.
No solía participar en estas cosas. Pero un día, recuerdo que los niños tenían tres años y ya iban a colegio, unas cuantas madres estaban en plan: "porque viene del cole y ya dice todos los colores en inglés, y los números, y canta en inglés, y se sabe las marcas de todos los coches que ve, y conoce a todos los futbolistas del Madrid..." hasta el infinito y más allá y me salió solo:
- Pues el mío es absolutamente mediocre, del montón. No caminó muy pronto, habla regular, no lee, no sabe inglés, en el cole la profe dice que no canta, ni habla ni nada, que como mucho hace playback cuando le obligan, no salta muy alto, no corre muy rápido... Vamos, que es mediocre.
Viendo sus caras horrorizadas rematé con algo que no suelo decir, pero que me quedó muy bien para la ocasión.
- A dios gracias.
lunes, 20 de julio de 2015
Prejuicios
Todos tenemos prejuicios. Y quien diga que no, miente.
Los prejuicios, las ideas que tenemos de cómo son las cosas y de cómo los demás antes incluso de conocerlos, vienen con nosotros como una herencia genética.
No es que sea exactamente algo genético, pero sí forma parte de nuestra herencia porque está en nuestra educación. Nuestros padres nos transmiten esos prejuicios desde el mismo instante en que nacemos, y quieran o no. Es su forma de hablar de ciertas cosas, sus silencios, la cara que ponen cuando escuchan las noticias, su forma de afrontar la vida, en definitiva, la que nos educa y la que nos transmite todos esos prejuicios.
Y bien, no es que nosotros no podamos hacer nada con eso. Todo lo contrario. Creo que lo que dice mucho de una persona es su lucha contra los prejuicios que le han sido transmitidos, y su intento de no transmitirlos a sus propios hijos.
Ya sé, ese intento de que nuestros hijos no tengan prejuicios es un intento vano. Claro que los tendrán, pero serán menos, y menos intensos, que los que tengo yo, que los que tenían mis padres, y así sucesivamente.
Pero esto no es así siempre. Hay muchas familias que transmiten esa herencia intacta. Todo lo que pensaba mi padre sobre el mundo, y que también pensaba mi abuelo, ahí va, sin más, a mis hijos. Y eso me da muchísima pena.
Anécdota tonta:
Hace un par de días, transportaba a cuatro adolescentes (13-14 años) a la piscina, entre ellos, mi chico grande.
Uno de ellos iba hablando de gays (ojo, que no decía "maricones", lo cual ya es un cambio positivo con respecto a lo que podíamos escuchar en generaciones anteriores), que si hay muchos gays, que si últimamente los gays están en todas partes, que sí hay más que nunca, cosas así, sin ningún tono peyorativo, pero yo tengo ya muchos años de experiencia con chavales como para saber que esas palabras son de su padre, calcadas de lo que oye en casa.
Así, sobre la marcha, me inventé una estadística (¿Qué pasa?, los periodistas lo hacen constantemente, y las publican...):
- ¿Sabéis lo que he leído?, que una de cada cinco personas es gay.
Se quedaron callados.
- Y aquí vamos cinco.
Silencio absoluto. Ya les había dado algo en que pensar.
Los prejuicios, las ideas que tenemos de cómo son las cosas y de cómo los demás antes incluso de conocerlos, vienen con nosotros como una herencia genética.
No es que sea exactamente algo genético, pero sí forma parte de nuestra herencia porque está en nuestra educación. Nuestros padres nos transmiten esos prejuicios desde el mismo instante en que nacemos, y quieran o no. Es su forma de hablar de ciertas cosas, sus silencios, la cara que ponen cuando escuchan las noticias, su forma de afrontar la vida, en definitiva, la que nos educa y la que nos transmite todos esos prejuicios.
Y bien, no es que nosotros no podamos hacer nada con eso. Todo lo contrario. Creo que lo que dice mucho de una persona es su lucha contra los prejuicios que le han sido transmitidos, y su intento de no transmitirlos a sus propios hijos.
Ya sé, ese intento de que nuestros hijos no tengan prejuicios es un intento vano. Claro que los tendrán, pero serán menos, y menos intensos, que los que tengo yo, que los que tenían mis padres, y así sucesivamente.
Pero esto no es así siempre. Hay muchas familias que transmiten esa herencia intacta. Todo lo que pensaba mi padre sobre el mundo, y que también pensaba mi abuelo, ahí va, sin más, a mis hijos. Y eso me da muchísima pena.
Anécdota tonta:
Hace un par de días, transportaba a cuatro adolescentes (13-14 años) a la piscina, entre ellos, mi chico grande.
Uno de ellos iba hablando de gays (ojo, que no decía "maricones", lo cual ya es un cambio positivo con respecto a lo que podíamos escuchar en generaciones anteriores), que si hay muchos gays, que si últimamente los gays están en todas partes, que sí hay más que nunca, cosas así, sin ningún tono peyorativo, pero yo tengo ya muchos años de experiencia con chavales como para saber que esas palabras son de su padre, calcadas de lo que oye en casa.
Así, sobre la marcha, me inventé una estadística (¿Qué pasa?, los periodistas lo hacen constantemente, y las publican...):
- ¿Sabéis lo que he leído?, que una de cada cinco personas es gay.
Se quedaron callados.
- Y aquí vamos cinco.
Silencio absoluto. Ya les había dado algo en que pensar.
viernes, 5 de junio de 2015
1000 entradas
No soy una persona de números, pero mil entradas en mi blog me parece un acontecimiento digno de reseñar.
¡Es que son 1000 entradas!
Así que hoy os toca aguantarme.
La entrada más visitada del blog en todo este tiempo es ésta: Letras o ciencias. Creo que es porque se busca a menudo y al final Google me la ha colocado en buen lugar en las búsquedas.
La verdad es que es bastante normal, tiene mucho que ver con la temática del blog, con mi trabajo, con todo aquello de lo que hablo aquí, pero otras entradas casi tan visitadas como esa lo son de una manera extraña.
Durante estas mil entradas, he hablado de muchas cosas: Y no voy a hacer ahora una recopilación de todas ellas. Pero sí os voy a recordar algunas.
Por ejemplo, no sé si recordáis a Roberto. Fue un alumno mío del que os hablé en los inicios del blog y que aún tengo clavado en el alma.
Tampoco sé si recordáis alguna de las cosas que os he contado sobre mi peque, que han sido muchas, pero especialmente recuerdo esta entrada, que no puedo leer porque me emociona especialmente. O aquella vez que se quedó encerrado en un aula. Podría contar más cosas de él, porque me he desahogado por aquí a menudo, pero las cosas han ido mejorando sin prisa pero sin pausa y prefiero quedarme con lo bueno.
Con cariño recuerdo también mis entradas sobre viajes con mis alumnos, que han sido muchas. De Berlín os hablé en estas entradas que os enlazo en orden: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí.
O el viaje a Grecia: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí.
He estado repasando entradas y disfrutando un montón con ellas.
No os hablaré ahora de todas las pelis, de todas las series o los libros porque para eso tenéis las pestañas de ahí arriba, pero, a estas alturas de curso, y como este año no me voy con mis alumnos a ningún sitio, me ha encantado releerme los viajes de los años anteriores.
Bueno, eso, que estoy de celebración. ¿Os he dicho ya que es mi entrada número 1000?
¡Es que son 1000 entradas!
Así que hoy os toca aguantarme.
La entrada más visitada del blog en todo este tiempo es ésta: Letras o ciencias. Creo que es porque se busca a menudo y al final Google me la ha colocado en buen lugar en las búsquedas.
La verdad es que es bastante normal, tiene mucho que ver con la temática del blog, con mi trabajo, con todo aquello de lo que hablo aquí, pero otras entradas casi tan visitadas como esa lo son de una manera extraña.
Durante estas mil entradas, he hablado de muchas cosas: Y no voy a hacer ahora una recopilación de todas ellas. Pero sí os voy a recordar algunas.
Por ejemplo, no sé si recordáis a Roberto. Fue un alumno mío del que os hablé en los inicios del blog y que aún tengo clavado en el alma.
Tampoco sé si recordáis alguna de las cosas que os he contado sobre mi peque, que han sido muchas, pero especialmente recuerdo esta entrada, que no puedo leer porque me emociona especialmente. O aquella vez que se quedó encerrado en un aula. Podría contar más cosas de él, porque me he desahogado por aquí a menudo, pero las cosas han ido mejorando sin prisa pero sin pausa y prefiero quedarme con lo bueno.
Con cariño recuerdo también mis entradas sobre viajes con mis alumnos, que han sido muchas. De Berlín os hablé en estas entradas que os enlazo en orden: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí.
O el viaje a Grecia: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí.
He estado repasando entradas y disfrutando un montón con ellas.
No os hablaré ahora de todas las pelis, de todas las series o los libros porque para eso tenéis las pestañas de ahí arriba, pero, a estas alturas de curso, y como este año no me voy con mis alumnos a ningún sitio, me ha encantado releerme los viajes de los años anteriores.
Bueno, eso, que estoy de celebración. ¿Os he dicho ya que es mi entrada número 1000?
lunes, 25 de mayo de 2015
Gente maravillosa
Lo he dicho ya muchas veces, y últimamente me repito un montón, así que no quiero ponerme pesada, pero tengo que insistir, por si alguien no me ha oído, que gracias al blog estoy conociendo a gente maravillosa.
Algunas de estas personas maravillosas son Bienve y Andrea.
Bienve.
Sé que no esperas que te nombre aquí. A Bienve la conocí gracias a un intercambio organizado por Itziar hace ya algún tiempo. Y es una de esas personas maravillosas de las que os hablo, alguien que me gustará desvirtualizar algún día. Cuando comenté, por ejemplo, que me encantaban las portadas de The New Yorker, ella tardó nada y menos en mandarme una revista, y una tarjeta de esa publicación.
En un paquete así de bonito.
Y lo que había dentro me gustó muchísimo.
Andrea.
Andrea es una lectora del blog de la cual apenas sé nada, pero que cuando hablé de The New Yorker también se ofreció a mandarme una revista porque está ahora mismo en Estados Unidos.
Acordamos un intercambio un poco así, al tuntún, sin fecha clara ni nada muy acordado. Yo quedé en mandarle un libro y alguna cosita más y ella la publicación y algo que viera y que le pareciera adecuado para mí. Tardé un montón en hacer mi envío, que llegó, si no recuerdo mal, después de Navidad. Y Andrea me dijo que aún estaba preparando el suyo. Entre unas cosas y otras, no llegaba, y yo escribí preocupada. Nunca pensé que me hubieran engañado, o algo por el estilo, porque una persona que se ofrece como ella lo hizo no es para un beneficio propio ni nada por el estilo.
El viernes recogí un paquete en correos, y ya no me acordaba de este intercambio, así que no esperaba nada. Era un envío de Andrea, que ha tenido problemas con su paquete: se lo devolvieron pero entonces ella se había mudado a otra casa y ha tardado más de lo previsto en poder enviarlo de nuevo. Y ha sido un intercambio maravilloso.
La revista y una tarjeta que me ha emocionado muchísimo.
Además de un montón de cosas elegidas especialmente para mí y que me han hecho mucha ilusión. Un puzzle. Nunca he hablado de puzzles por aquí, creo, pero soy muy aficionada, aunque el último tuve que guardarlo cuando mis niños eran pequeños después de que me lo destrozaran varias veces y me hicieran perder la paciencia. Una tote bag chulísima, una libreta para llevar siempre encima, unas etiquetas que me han enamorado, lacitos para mis envíos...
Gracias, guapa.
Lo dicho, la gente que me encuentro gracias al blog es siempre gente estupenda, y solo me dan motivos para creer cada vez más en las personas y en que el mundo está lleno de gente maravillosa.
Algunas de estas personas maravillosas son Bienve y Andrea.
Bienve.
Sé que no esperas que te nombre aquí. A Bienve la conocí gracias a un intercambio organizado por Itziar hace ya algún tiempo. Y es una de esas personas maravillosas de las que os hablo, alguien que me gustará desvirtualizar algún día. Cuando comenté, por ejemplo, que me encantaban las portadas de The New Yorker, ella tardó nada y menos en mandarme una revista, y una tarjeta de esa publicación.
En un paquete así de bonito.
Y lo que había dentro me gustó muchísimo.
Andrea.
Andrea es una lectora del blog de la cual apenas sé nada, pero que cuando hablé de The New Yorker también se ofreció a mandarme una revista porque está ahora mismo en Estados Unidos.
Acordamos un intercambio un poco así, al tuntún, sin fecha clara ni nada muy acordado. Yo quedé en mandarle un libro y alguna cosita más y ella la publicación y algo que viera y que le pareciera adecuado para mí. Tardé un montón en hacer mi envío, que llegó, si no recuerdo mal, después de Navidad. Y Andrea me dijo que aún estaba preparando el suyo. Entre unas cosas y otras, no llegaba, y yo escribí preocupada. Nunca pensé que me hubieran engañado, o algo por el estilo, porque una persona que se ofrece como ella lo hizo no es para un beneficio propio ni nada por el estilo.
El viernes recogí un paquete en correos, y ya no me acordaba de este intercambio, así que no esperaba nada. Era un envío de Andrea, que ha tenido problemas con su paquete: se lo devolvieron pero entonces ella se había mudado a otra casa y ha tardado más de lo previsto en poder enviarlo de nuevo. Y ha sido un intercambio maravilloso.
La revista y una tarjeta que me ha emocionado muchísimo.
Además de un montón de cosas elegidas especialmente para mí y que me han hecho mucha ilusión. Un puzzle. Nunca he hablado de puzzles por aquí, creo, pero soy muy aficionada, aunque el último tuve que guardarlo cuando mis niños eran pequeños después de que me lo destrozaran varias veces y me hicieran perder la paciencia. Una tote bag chulísima, una libreta para llevar siempre encima, unas etiquetas que me han enamorado, lacitos para mis envíos...
Gracias, guapa.
Lo dicho, la gente que me encuentro gracias al blog es siempre gente estupenda, y solo me dan motivos para creer cada vez más en las personas y en que el mundo está lleno de gente maravillosa.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Tengo una edad
Que ya tengo una edad lo sabéis todos los que pasáis por aquí.
Lo que no sabéis es lo que esa edad significa para la mayoría de mis alumnos, por la zona en la que vivo y el tipo de familias a las que pertenecen.
Porque para mí, mis cuarenta y un años son unos poquitos, soy joven, me siento joven, y no me parece que sea mayor ni que aparente ser mayor.
Tres anécdotas para ilustrar el tema:
Una.
Pongo en el tablón de la clase un papel en el que mis alumnos apuntan su fecha de cumpleaños, y yo apunto también el mío, para no olvidarnos de felicitarnos cuando llegue el día.
Una de mis alumnas me pregunta mi edad. Se la digo.
- Hala, qué vieja, como mi abuela.
- ¿¡¡!!? Pero tu abuela... ¿tu abuela tiene 40 años?
- Bueno, ella es más vieja... Tiene cuarenta y tres.
- Cuarenta y tres (no me lo puedo ni creer, y casi no me atrevo a preguntar)... ¿y tu madre?
- Mi madre tiene veintiocho.
Sí, os digo la edad de la criatura, trece. Trece años como mi hijo mayor, y su madre no llega ni a treinta, así que es normal que su abuela sea de mi edad.
Dos.
Un alumno que lo ha sido los dos últimos años. Un chaval muy inteligente, preocupado por la actualidad política, reivindicativo, pero que no da un palo al agua y que este año repite.
El otro día al salir de clase veo a un tipo esperándole. Sé que lo que os voy a decir está lleno de prejuicios, pero fue tal y como lo pensé. Un tipo con largas melenas descuidadas, pendientes en varias partes de su cara y tatuajes que se veían salir por los puños y cuellos de la camisa. No con pinta de hipster, precisamente, sino de drogadicto o exdrogadicto, la verdad.
Al día siguiente le comento:
- Ayer te vino a buscar tu padre...
Se echa a reír.
- No tengo padre, profe, no lo he conocido.
- Vaya, lo siento, no lo sabía.
- Era mi abuelo.
(Tierra trágame)
Tres.
Tengo en una de mis clases un alumno nuevo en el instituto, que viene del colegio de monjas. El chaval tiene catorce años y es de los pocos chicos verdaderamente hiperactivos que yo haya conocido.
Entro a clase y todos quieren contarme algo...
- S. se ha pirado la clase, profe.
- Sí, S. se ha marchado. Estaba antes, pero ahora se ha ido. Le hemos visto marcharse, profe. Iba con una jamba... (la palabra jamba la utilizan como sustituto de "tía")
- Menuda jamba, profe, se ha pirado la clase con una tía.
- Y estaba buenísima.
- Pero si era su madre.
- Como iba a ser su madre.
- Sí, era su madre, que yo la conozco, y les he visto, pero si hasta he estado hablando con ella.
- Pero si era una chica, no una madre...
- Es que su madre es muy joven.
- Pues está buenísima.
Pregunto a los compañeros y me comentan que la madre tampoco llega a los 30. Y el chico tiene catorce.
Ahora me entenderéis cuando os digo que tengo una edad...
Lo que no sabéis es lo que esa edad significa para la mayoría de mis alumnos, por la zona en la que vivo y el tipo de familias a las que pertenecen.
Porque para mí, mis cuarenta y un años son unos poquitos, soy joven, me siento joven, y no me parece que sea mayor ni que aparente ser mayor.
Tres anécdotas para ilustrar el tema:
Una.
Pongo en el tablón de la clase un papel en el que mis alumnos apuntan su fecha de cumpleaños, y yo apunto también el mío, para no olvidarnos de felicitarnos cuando llegue el día.
Una de mis alumnas me pregunta mi edad. Se la digo.
- Hala, qué vieja, como mi abuela.
- ¿¡¡!!? Pero tu abuela... ¿tu abuela tiene 40 años?
- Bueno, ella es más vieja... Tiene cuarenta y tres.
- Cuarenta y tres (no me lo puedo ni creer, y casi no me atrevo a preguntar)... ¿y tu madre?
- Mi madre tiene veintiocho.
Sí, os digo la edad de la criatura, trece. Trece años como mi hijo mayor, y su madre no llega ni a treinta, así que es normal que su abuela sea de mi edad.
Dos.
Un alumno que lo ha sido los dos últimos años. Un chaval muy inteligente, preocupado por la actualidad política, reivindicativo, pero que no da un palo al agua y que este año repite.
El otro día al salir de clase veo a un tipo esperándole. Sé que lo que os voy a decir está lleno de prejuicios, pero fue tal y como lo pensé. Un tipo con largas melenas descuidadas, pendientes en varias partes de su cara y tatuajes que se veían salir por los puños y cuellos de la camisa. No con pinta de hipster, precisamente, sino de drogadicto o exdrogadicto, la verdad.
Al día siguiente le comento:
- Ayer te vino a buscar tu padre...
Se echa a reír.
- No tengo padre, profe, no lo he conocido.
- Vaya, lo siento, no lo sabía.
- Era mi abuelo.
(Tierra trágame)
Tres.
Tengo en una de mis clases un alumno nuevo en el instituto, que viene del colegio de monjas. El chaval tiene catorce años y es de los pocos chicos verdaderamente hiperactivos que yo haya conocido.
Entro a clase y todos quieren contarme algo...
- S. se ha pirado la clase, profe.
- Sí, S. se ha marchado. Estaba antes, pero ahora se ha ido. Le hemos visto marcharse, profe. Iba con una jamba... (la palabra jamba la utilizan como sustituto de "tía")
- Menuda jamba, profe, se ha pirado la clase con una tía.
- Y estaba buenísima.
- Pero si era su madre.
- Como iba a ser su madre.
- Sí, era su madre, que yo la conozco, y les he visto, pero si hasta he estado hablando con ella.
- Pero si era una chica, no una madre...
- Es que su madre es muy joven.
- Pues está buenísima.
Pregunto a los compañeros y me comentan que la madre tampoco llega a los 30. Y el chico tiene catorce.
Ahora me entenderéis cuando os digo que tengo una edad...
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