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Berlín XI. El último día

Amaneció nublado, pero no diluviando, lo suficiente para hacer las visitas programadas y algunas pendientes del día anterior.

Pasamos por las habitaciones de los chicos, que estaban totalmente mataos, pero que fueron levantándose. Al desayuno bajaron muy pocos. A la hora de salir, faltaban cinco.

Sus compañeros les habían llamado pero no habían logrado que se pusieran en pie.

Nos fuimos con los que estaban hacia el estadio olímpico mientras un compañero se quedó a levantarlos y llevarlos.







El compañero, al que los chavales llaman Hércules, o Sansón, tuvo que procurarse una llave de las habitaciones y levantarles de la cama, especialmente a uno, que se puso un poco gallito, y al que hubo que decirle eso de:

- Te vas a levantar, y puedes hacerlo por las buenas o por las malas.

Para esto no hubiera servido yo, no me habrían creído ni un solo segundo.

Empezamos por el estadio olímpico, una obra faraónica impresionante, y que a los chicos les encantó.

Después fuimos al Monumento a los judíos. Un lugar hermoso, pero terrorífico.




Avisamos a los chicos de lo que significaba el lugar, de que no podían sentarse por allí ni correr, de que debían pasear pensando en el Holocausto.

Los chicos empezaron muy serios, pero luego les dio por jugar, y me alejé un poco de ellos. Quizá por la falta de descanso o por el lugar, el caso es que sólo me apetecía llorar.

Solo fueron unos minutos, cinco como máximo, pero enseguida en el ambiente vi que algo había pasado.


El de amarillo es M.

Todos los alumnos estaban sentados en una esquina del Memorial, y uno de ellos, M., había tenido un accidente, había tropezado y se había golpeado con uno de los bloques. Tenía un corte en el labio lo suficientemente profundo para que el labio no se le sujetara en su lugar.

Teníamos que llevarlo a urgencias.

Pero el soviético estaba echando la bronca del siglo.

- ¿Te duele mucho?, le dije a M.

- Eso no es nada para lo que les pasó a los judíos, contestó de muy mala uva el profesor.

Buscamos en el plano un hospital. Como había uno bastante cerca, el soviético quería llevarle andando, así, con la mano en la boca para que no se le cayera el labio.

- En un taxi, por favor.

- No voy a gastar dinero del instituto en un taxi por esta tontería.

- Por favor...

Finalmente accedió a coger un taxi, pero no a que yo fuera con ellos. Pasé las horas siguientes pensando en el pobre M, en los médicos hablándole en un idioma tan dulce como el alemán, en el profesor ladrándole, lejos de casa y sin una cara amiga.

El resto de los chicos y los profesores continuamos con las visitas programadas.

A la hora de comer no lo habían atendido. Supongo que las urgencias son igual en todas partes. Teníamos hora a las cinco para ver el museo de Pérgamo y las entradas estaban en el hospital con mi compañero.

Pero ése no era el mayor de los problemas.

Mientras los chavales tenían tiempo libre para comer, mi compañera y yo corrimos, metro arriba, metro abajo y chorrocientas paradas, al hotel a coger la tarjeta sanitaria de M. de su maleta. Ya os contaré por qué, contraviniendo todos los consejos, ambas sabíamos que la maleta de M. estaba abierta y que allí encontraríamos lo que buscábamos.

Llegamos a la puerta del museo justo a la hora de entrar, sprint final incluido. Allí el jefe nos dio las entradas y nosotras a él la tarjeta sanitaria, sin la cual sí atendieron al chico, pero había que pagarlo.

El museo de Pérgamo es una auténtica maravilla. Pero, aunque ya M. entró en él con la boca cosida y diciendo que no le dolía nada, y que no nos preocupáramos, todos teníamos mal cuerpo.








Al salir de allí, y siendo el último día, muchos pidieron tiempo libre para ir a algún lugar concreto, o hacer las últimas compras. Así que se lo dimos. Y los profes nos fuimos a ver el barrio de San Nicolás.




Cenamos allí, el típico codillo con chucrut, antes de regresar al hotel.

Sólo nos quedaba una noche, la última.

Comentarios

  1. Desde luego, por corto que sea el viaje, puede pasar de todo... ¡Ains!

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    1. Pues sí, creo que nos ha pasado de casi todo...

      Besos.

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  2. Madre míaaa...
    Repito,Ro...qué odisea...
    ..por Dios..

    Besos!

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    1. Sí, es cierto, hemos pasado muy malos ratos...

      Besos.

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  3. lo primero magnificas las fotos del museo!

    Pobre M, espero que ya este bien

    Y a tí Ro imagino que ya se te habrán quitado las ganas de más viajes

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    1. Sí, M. está recuperado, además es un tío que parece que ni siente ni padece. Ni una queja, ni nada de nada...

      Besos.

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  4. ¡Hola Ro!
    Me está encantando tu viaje, contado así poco a poco! Me recuerda a cuando yo fui una de los jóvenes y también las montábamos. Desde luego, ¡un monumento te mereces!
    Un abrazo y buen verano

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    1. Un monumento no sé si me merezco, pero un descanso sí. Y estoy descansando a tope...

      Besos.

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  5. No sé por qué mi blogroll no actualizaba tus posts,grrrrr
    Bueno,ya me he puesto al día con Berlín.
    Me quedo con Nefertiti,me encantaría verla!!
    Y el profesor inglés?jjajajajjajajaja
    Buen finde!
    Bsssssss

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    Respuestas
    1. Dile a tu blogroll que como vaya yo... se va a enterar...

      Es una maravilla ver a Nefertiti, así, de cerca, y el Museo de Pérgamo es una maravilla.

      Besos.

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  6. El museo también me impresionó, y por supuesto el parlamento. Pero lo que más me atrajo fue la vida y la fuerza vanguardista de sus locales y sus calles. Gracias por tu bonito comentario en el blog de nuestra tracy.

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    1. Eso es lo que me ha faltado a mí, vivir por las calles, perderme fuera de los lugares turísticos a mi aire, pero en este viaje no tocaba, y por eso la ciudad no me ha dicho gran cosa. Creo que porque no la he vivido de verdad, y he estado más preocupada que otra cosa.

      Besos. Y mi comentario es mucho menos de lo que te mereces. Siempre.

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  7. Berlín es una ciudad que quiero visitar algún día sí o sí!! bss

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  8. Ahora mismo voy a leer la última noche...qué curiosidad...

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  9. digo lo mismo que Audrey... qué curiosidad por saber cómo acaba el viajecito
    bsss
    cosicasdenuestravida

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